Domingo, 18 de noviembre de 2007
Historia de los heterodoxos espa?oles
Men?ndez y Pelayo, Marcelino
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George Borrow

- II -
Misi?n metodista del Dr. Rule. -Otros propagandistas: James Thompson, Parker, etc.
Casi al mismo tiempo que Borrow comenz? desde Gibraltar sus trabajos por encargo de la Sociedad Wesleyana, un misionero metodista llamado William H. Rule, cuyas Memorias andan impresas y no van en zaga al tratado de La Biblia en Espa?a (2859), Rule era un fan?tico de igual o mejor buena fe que el historiador de los gitanos, y su libro merece entero cr?dito en las cosas que le son personales.
El metodismo se hab?a empezado a desarrollar entre la guarnici?n inglesa de Gibraltar desde 1792, a despecho de las persecuciones con que el poder militar, fiel servidor de la iglesia anglicana, quiso atajar los progresos de aquella secta disidente, mucho m?s moral que dogm?tica. Extinguirla fue imposible, y ya en 1804 hubo que transigir y autorizar el establecimiento de una conferencia, dirigida por el Rvdo. James M'Mullen, que asisti? heroicamente a los apestados de la fiebre amarilla, azote de los puertos de Andaluc?a en los primeros a?os de este siglo. A Mullen sucedieron el Rvdo. William Griffith y el reverendo T. Davis, en cuyo tiempo la conferencia gibraltare?a alcanz? honores de misi?n, y creci? en n?mero de fieles, soldados ingleses los m?s. Sabido es que la mayor?a de la poblaci?n pertenece en Gibraltar al culto cat?lico, y que de los quince mil habitantes de aquella roca arrebatada a Espa?a, s?lo tres millares escasos est?n afiliados en otros cultos, siendo todav?a mayor el n?mero de jud?os que el de protestantes. Entre ?stos logran ventaja los metodistas, como secta popular, caritativa, nada teol?gica y acomodada a los gustos y entendimiento de gente ruda y de humilde condici?n, como suelen ser soldados y marineros. En torno suyo se agita, hablando cierta lengua franca, un pueblo mixto y nada ejemplar, de contrabandistas y refugiados espa?oles, de jud?os, moros y renegados, materia dispuesta para recibir la semilla evang?lica cuando el hambre les impulsa a ello. La poblaci?n ind?gena y no trashumante es fervorosamente cat?lica, habla el castellano, y hasta muy entrado este siglo se ha comunicado muy poco con los ingleses, que viven all? como en un [892] campo atrincherado. El celo metodista cre?, desde 1824 una misi?n espa?ola, dirigida por M. William Barber, que aprendi? con grandes fatigas nuestra lengua, pero no lleg? a convertir a nadie. La misi?n hab?a venido muy a menos, o, por mejor decir, estaba casi muerta, cuando en febrero de 1832 el Comit? de la Sociedad Wesleyana envi? a Rule para que se pusiera al frente de ella. Rule domin? en poco tiempo el castellano, fund? una escuela p?blica y gratuita de ni?os, dio unas lecciones contra el Papado y logr? alarmar a la poblaci?n cat?lica, que dirigida por el vicario fund? en noviembre de 1835 escuelas ortodoxas, bajo los auspicios de la Congregaci?n De Propaganda Fide, para evitar el tr?fico escandaloso que los protestantes comenzaban a hacer con la miseria so pretexto de la limosna de la ense?anza.
Rule, incansable en su propaganda y ampliamente favorecido con los auxilios pecuniarios de sus hermanos, tradujo en verso castellano, con ayuda de alg?n ap?stata espa?ol no ayuno de letras humanas, los himnos de los metodistas, y, dirigiendo sus miradas m?s all? del estrecho recinto de los muros de Gibraltar, y aprovech?ndose de la libertad de imprenta, reinante de hecho en Espa?a desde 1834, comenz? a cargar a los contrabandistas espa?oles de op?sculos y hojas de propaganda para que las fuesen introduciendo y repartiendo por Andaluc?a. Tales fueron el Prospecto de las lecciones sobre el Papado, dos catecismos, el Ensayo de Bogue sobre el Nuevo Testamento, una Apolog?a de la iglesia protestante metodista (1839), los Pensamientos de Nevins sobre el Pontificado (1839), las Observaciones de Gurney sobre el s?bado, las Contrariedades entre el romanismo y la Sagrada Escritura (1840), la Carta sobre tolerancia religiosa y abusos de Roma, de Home (1840), la Refutaci?n de las calumnias contra los metodistas (1841), el Andr?s Dunn (1842), especie de novela, en que un campesino irland?s reniega de la fe de sus mayores; el Cristianismo restaurado (1842) y otros papelejos no menos venenosos, traducidos todos o arreglados y revisados por Rule e impresos a costa de la Am?rican Religious Tract Society, que es la que ha infestado a Espa?a con este g?nero de literatura.
Imagen Blanco White
Las novedades pol?ticas de Espa?a infundieron a Rule grandes esperanzas de obtener copiosa mies evang?lica si se determinaba a venir en persona a Espa?a. Algunos forajidos espa?oles, que por modus vivendi se declaraban protestantes, como hubieran podido declararse saduceos o musulmanes, le hicieron creer que medio pueblo le seguir?a y se convertir?a a la fe de Wesley si un predicador como ?l acertaba a presentarse en Espa?a en aquella favorable ocasi?n en que ard?an los conventos y se cazaba a los frailes como fieras. No conoc?a Rule la tierra que pisaba, pero mi lector s? la conoce, y habr? adivinado ya que el piadoso metodista se volvi? a Gibraltar triste, descorazonado y con algunos dineros de menos, bien persuadido de que los [893] pronunciamientos son una cosa y otra muy distinta las misiones y que los que hacen los primeros no suelen ser buen elemento para las segundas. Reparti?, s?, gran n?mero de Biblias y folletos; se las dio en comisi?n a varios libreros de C?diz, Sevilla y Madrid; trab? disputas con cl?rigos espa?oles sobre la inteligencia de los sagrados Libros; busc? el conocimiento y trato del obispo Torres Amat y del P. La Canal (2860), y a esto se redujo todo. De vuelta a Gibraltar public?, traducidos del griego y anotados, los Cuatro evangelios (1841) e intent? establecer una misi?n en el Campo de San Roque. El alcalde, cumpliendo su deber, le ech? mano, y no lo hubiera pasado del todo bien el temerario propagandista si no se le ocurre implorar la protecci?n del famoso obispo electo de Toledo, D. Pedro Gonz?lez Vallejo, presidente en aquellos d?as del estamento de pr?ceres.
En 1836, Rule aparece de nuevo trabajando clandestinamente en C?diz con ayuda del jefe pol?tico Urquinaona, anticat?lico furibundo con puntas de canonista, autor del descompuesto libelo Espa?a bajo el poder arbitrario de la Congregaci?n Apost?lica. De C?diz pas? el ministro metodista a M?laga, Granada y Loja, distribuyendo Biblias y aprendiendo la tierra y el estado moral de las gentes, que le dio poca esperanza de conversi?n. S?lo alguno que otro cura mujeriego y embarraganado le pareci? materia dispuesta para convertirse de piedra en hijo de Abrah?n cuando le llegase el d?a. Llev? a C?diz un maestro de escuela metodista, le hizo predicar en el muelle a los marineros, enganch? a tres o cuatro raquerillos de la playa para que fueran a o?r la lectura de la Biblia y a aprender a escribir en la escuela evang?lica, y con estos elementos dio por organizada la misi?n de C?diz, el primer establecimiento protestante de la Pen?nsula. Las autoridades de aquel puerto le proteg?an a banderas desplegadas, y el esc?ndalo continu? hasta la llegada del gobernador militar, conde de Clonard, que mand? cerrar la escuela en 28 de enero de 1838. Rule acudi? al Gobierno por el intermedio del embajador brit?nico, lord Clarendon, y la misi?n se restableci? a los pocos meses con una escuela de ni?os y otra de ni?as, y, lo que es m?s, con predicaciones y servicio divino los domingos; que tal fue la unidad religiosa en Espa?a antes de la Constituci?n de 1845. Comenzaron a pagarse las apostas?as, y en 26 de marzo de 1839 ingresaron los dos primeros ne?fitos en la iglesia protestante: una ni?a de las educadas en la escuela y su madre. Hubo, al fin, un alcalde de C?diz que se decidi? a intervenir y a suspender la escuela mientras de Madrid no llegasen ?rdenes terminantes autorizando su continuaci?n (7 de abril de 1839). Rule se neg? a obedecer, pretextando que las reuniones y convent?culos [894] eran en su casa, a puerta cerrada, y que todo allanamiento de domicilio estaba vedado por la ley constitucional. El Gobierno moderado de entonces dio la raz?n al alcalde, prohibiendo a M. Rule fundar, bajo cualquier pretexto, establecimientos de primera ense?anza o colegios de humanidades, ni celebrar en su casa meetings, conferencias o predicaciones encaminadas a difundir doctrinas contrarias a la unidad religiosa, primera ley del reino. El fan?tico metodista puso el grito en el cielo, escribi? a Inglaterra, quiso provocar una intervenci?n, pero nadie le hizo caso. Lejos de eso, lord Palmerston hizo entender a Rule y a los dem?s propagandistas, por medio del c?nsul de su naci?n en C?diz, que, si se obstinaba en atacar facciosamente la religi?n cat?lica de Espa?a distribuyendo libros o predicando, el Gobierno brit?nico no los proteger?a en ning?n modo ni responder?a de las consecuencias a que su temeridad los arrastrase abusando de su calidad de extranjeros. Y, en efecto, un agente de la Sociedad Metodista fue expulsado al poco tiempo de C?diz, y preso otro agente en Algeciras y llevado a bayonetazos hasta las l?neas de Gibraltar, sin que el ministro ingl?s se tomara el trabajo de defenderlos.
?Gobierno seudoprotestante, hijo de la imp?a Babilonia!, dijo para sus adentros Rule, y prosigui? oscura y disimuladamente sus maquinaciones sectarias, hasta que el pronunciamiento de septiembre de 1840, y la regencia de Espartero, y los proyectos separatistas y cuasi-anglicanos de Alonso vinieron a llenarle de jubilosas esperanzas. Entonces acudi? a las Cortes pidiendo la libertad de cultos, y, m?s o menos al descubierto, dirigi?, desde su cuartel general de Gibraltar, los hilos de toda conspiraci?n protestante, hasta la de Matamoros inclusive (2861). [895]
En 1845 apareci? en Madrid otro agente de las sociedades b?blicas llamado James Thompson, bajo cuyos auspicios se fund?, antes de 1854, la Sociedad Evang?lica Espa?ola de Edimburgo, que tuvo por ?rgano un peri?dico, dirigido por lady Pedie, fan?tica presbiteriana, con el t?tulo de Spanish Evangelical Record. Casi al mismo tiempo (1852), Tom?s Parker, de Londres, traductor del libro de Los protestantes, de Adolfo de Castro, comenz? a imprimir y repartir con profusi?n por C?diz y los puertos del Mediterr?nea un periodiquillo protestante, o m?s bien serie de folletos en lengua castellana, con el t?tulo general de El Alba.
El Gobierno progresista del bienio no puso reparo alguno a esta propaganda, que era mayor en los cuarteles de la Milicia Nacional. En Sevilla, un ministro metodista, D. Andr?s Fritz, comenz? a celebrar convent?culos religiosos, que nunca llegaban a veinte personas, en su casa. El due?o de la casa le intim? que las suspendiera si no quer?a desalojarla. Impreso anda en El Clamor P?blico y otros peri?dicos de entonces un comunicado del ministro ingl?s lord Howden denunciando esto como un acto de persecuci?n y fanatismo.



- III -
Don Juan Calder?n, Montsalvatge, Lucena y otros protestantes espa?oles.
Fuera de Blanco White y de Usoz, el ?nico protestante espa?ol digno de memoria entre los de este siglo, y no ciertamente por lo original y peregrino de su errores religiosos, sino por la importancia que le dieron sus m?ritos de fil?logo humanista y la docta pureza con que manejaba la lengua castellana, es don Juan Calder?n (2862), ap?stata de la Orden de San Francisco. [896]
Calder?n era manchego, nacido en Villafranca, pueblecillo inmediato a Alc?zar de San Juan, donde su Padre era m?dico, en 19 de abril de 1791. El 19 de abril de 1806 entr? en el convento de religiosos observantes de San Francisco, de Alc?zar. Desde sus primeros a?os de noviciado, o a lo menos desde que estudi? filosof?a, se hizo incr?dulo por el trato con otros frailes de su Orden, que lo eran tambi?n, contagiados por las lecturas enciclopedistas. Al principio crey? en la divinidad de Jesucristo; luego se redujo a la ley natural y al de?smo, y, finalmente, par? en el ate?smo. Se?alado como liberal y catedr?tico de constituci?n en los a?os del 1820 al 1823, tuvo que emigrar a Bayona, donde la curiosidad o el hambre le llevaron a una capilla protestante, en que predicaba M. Pyt, enviado de la Sociedad Continental de Londres, que le proporcion? una Biblia sin notas juntamente con los libros de Erskine, Chalmers, Haldane y otros apologistas. Entonces se convirti? al protestantismo, Dios sabe con qu? sinceridad. Del oficio de zapatero de se?oras, que hab?a adoptado para ganar el diario sustento, pas? al de maestro de castellano y al de laborante o agente de la Sociedad Continental, por cuya cuenta distribuy? Biblias, Nuevos Testamentos y hojas de propaganda entre los emigrados espa?oles. En 1829 fue a Londres, subvencionado por la misma Sociedad, comenz? a explicar el Evangelio a varios emigrados peninsulares en una capilla de Somers-Town que le prestaba todos los domingos un ministro anabaptista, llamado Carpenter. Al principio asistieron muchos de los quinientos o seiscientos refugiados espa?oles que hab?a en aquel barrio, y, como liberales que eran o?an de buen grado las invectivas de Calder?n contra los frailes y curas de su tierra; pero, as? que entr? en la parte dogm?tica y comenz? a hablarles de la justificaci?n por los solos m?ritos del Se?or Jes?s, comenzaron a aburrirse, y uno tras otro fueron desfilando, hasta quedar reducidos a doce o catorce. En 1830 estaba ya disuelta la congregaci?n.
En 1842, durante la regencia de Espartero, vino Calder?n a Madrid, titul?ndose profesor de Humanidades y Literatura Castellana, y, sin ser de nadie molestado, viv? algunos a?os haciendo propaganda m?s o menos secreta, pero con poco fruto. En 1845 se volvi? a Burdeos con su mujer (ning?n cl?rigo espa?ol de los que se hacen protestantes deja de tomarla), y el 46 a Londres, donde vivi? pobre y oscuramente hasta el 28 de enero de 1854, mantenido s?lo por las larguezas de Usoz, que le emple? como copista de manuscritos espa?oles en el Museo Brit?nico para su colecci?n de los antiguos reformistas espa?oles. Por m?s que Calder?n acostumbrase predicar en una capilla anabaptista y por m?s que sus principales amistades fuesen con cu?queros y ministros de las sectas m?s disidentes, no parece haberse afiliado [897] en ninguna iglesia determinada. Sus simpat?as, en los ?ltimos a?os parecieron inclinarse al protestantismo liberal.
Los escritos de Calder?n son de dos especies: teol?gicos y gramaticales. Tradujo en 1846 las Lecciones del arzobispo de Dubl?n, Wateyl, sobre la evidencia del cristianismo (2863). Logr? acc?sit en el concurso de Montauban en Francia, en 1841, por unos Di?logos entre un p?rroco y un feligr?s sobre el derecho que tiene todo hombre para leer las Sagradas Escrituras y formar, seg?n el contenido de ellas, su propia creencia y religi?n (2864). En marzo de 1849 empez? a publicar en Londres, con el r?tulo de Pure Catholicism, o El catolicismo neto, un peri?dico castellano de propaganda, que sal?a en plazos indeterminados, y que dur?, con varias alternativas, hasta 1851, en que le sustituy? otro llamado El Examen Libre, que alcanz? hasta 1854. El dinero sal?a de las arcas de Usoz, pero el ?nico redactor y editor responsable parece haber sido Calder?n, cuyo nombre se estampa al fin de todos los n?meros con el aditamento de Profesor de Literatura Espa?ola (2865).
No s? si era literato, en todo el rigor de la frase, pero se que puede calificarsele de sutil analizador de los primores de habla castellana, muy fructuosamente versado en la lecci?n de nuestros autores modelos y h?bil en desentra?ar sus excelencias de pormenor. Era, en suma, un excelente maestro de gram?tica castellana, rico, adem?s, de buen sentido, muy claro, muy seguro, muy preciso, libre de las ex?ticas man?as de Gallardo y de Puigblanch, y no mal escritor, aunque llanamente y sin afectaciones de purismo. No se le puede llamar fil?sofo en el sentido moderno de la palabra. Su erudici?n ling??stica era exigua; quiz? no conoc?a m?s lenguas que la propia, y el ingl?s, y el lat?n, y nunca se hab?a parado a examinar sus relaciones y afinidades, ni pod?a ten?rsele por profundo en los misterios de la filosof?a del lenguaje. Se hab?a educado con la gram?tica general de los condillaquistas; y el procedimiento anal?tico, el desmenuzamiento de la frase, era el ?nico de que entend?a y que sab?a aplicar magistralmente. As? lo mostr? en los siete n?meros de la Revista Gramatical de la Lengua Espa?ola, que alcanz? a publicar en 1843; en la An?lisis l?gica y gramatical de la lengua espa?ola, inserta all? mismo, y publicada simult?neamente en volumen [898] aparte (2866), y sobre todo en su Cervantes vindicado (2867), colecci?n de reparos gramaticales al Comentario de D. Diego Clemenc?n. En ciento y quince pasajes nada menos quiere salvar Calder?n el texto de Cervantes de las malas inteligencias de su comentador, y es lo bueno que casi siempre acierta, porque en el voluminoso y meritorio comentario de Clemenc?n, es de fijo la parte gramatical la m?s ligera y endeble. Frases hay que da Clemenc?n por ininteligibles, antigramaticales y aun absurdas, y que Calder?n presenta llanas, f?ciles y elegantes con s?lo deshacer la lev?sima trasposici?n o suplir la natural elipsis que envuelven. Otras son modismos y locuciones vulgares, usadas a?n hoy en la Mancha, y que Calder?n, como hijo de aquella tierra, define y explana. Pero a?n va m?s adelante el ingenio del ex fraile, tan mal aprovechado en otras cosas. Pasajes que a doctos acad?micos, comentadores del Quijote, les parecieron jerogl?ficos egipcios o escrituras r?nicas, quedan limpios y claros en este op?sculo con s?lo cambiar un signo de puntuaci?n, con mudar el sitio de una coma. Siempre me ha asombrado que tantos y tantos como en estos ?ltimos a?os han puesto sus manos pecadoras o discretas, doctas o legas, en el texto de la obra inmortal, proponiendo enmiendas y variantes so pretexto de corregir la plana al antiguo impresor Juan de la Cuesta (que no se extrem? por lo malo en el Quijote, antes puede sostenerse que le imprimi? harto mejor que otros libros que salieron de su oficina), hayan mostrado tan profundo desconocimiento de este trabajo de Calder?n, vulgarizado por Usoz desde 1854. Poner ejemplos aqu?, ser?a ajeno de este lugar y del prop?sito de esta historia.
No s? si declarar persona real o ficticia el ex capuchino catal?n Ram?n Montsalvatge, cuya vida corre impresa en un librillo ingl?s publicado por la Religious Trac Society (2868). Usoz, a quien no puede negarse cierta buena fe y gravedad en sus investigaciones, se inclin? a tenerla por ficci?n y novela, al modo de la de Sacharles. Con todo esto, est? llena de circunstancias tan precisas y algunas tan exactas, que mueven a creer que la novela, si novela es realmente, se bord? sobre un fondo verdadero.
Montsalvatge se dice nacido en Olot el 17 de octubre de 1815. Fue capuchino y sali? del convento cuando la dispersi?n de las comunidades mon?sticas en 1835. Entonces se alist? en el ej?rcito de D. Carlos, y despu?s de varias aventuras fue arrestado por soldados franceses en la frontera y conducido a Grenoble. [899] Algunos cl?rigos le aconsejaron entrar en un monasterio de Saboya, que abandon? al poco tiempo para volver al campo carlista. No acept? el convenio de Vergara, volvi? a emigrar, y entr? en el seminario de Besan?on a estudiar teolog?a. All? le asaltaron las m?s vehementes dudas sobre la interpretaci?n de la Biblia. Un di?logo que tuvo en 11 de junio con M. Sandoz, pastor protestante de Besan?on, le movi? a abandonar el seminario primero y a abjurar el catolicismo despu?s. Agente o colporteur de una sociedad evang?lica, comenz? a distribuir Biblias entre los carlistas emigrados en Montpellier y en Ly?n. De all? pas? a Clermont-Ferrand, donde trabaj? de concierto con los republicanos barceloneses que en 1842 levantaron bandera contra el Regente. La Sociedad Evang?lica de Ginebra emple? a Montsalvatge en diversas comisiones de empe?o, a las ?rdenes de Calder?n y de Borrow. En 1842 se le encuentra en Madrid proyectando una misi?n en Mallorca. Pero los tiempos cambiaron, y Montsalvatge tuvo que embarcarse para Am?rica, donde ya perdemos su huella.
Contempor?neo de Calder?n y de Montsalvatge, si es que Montsalvatge ha existido y no es su insulsa biograf?a un pretexto para los desahogos evang?licos de cualquier pastor metodista, fue D. Lorenzo Lucena, natural de Aguilar de la Frontera y ex rector del seminario de San Pelagio, de C?rdoba. Huy? a Gibraltar, propter genus foemineum, en una noche de ventisca y truenos, en compa??a de un contrabandista y de una prima suya, de quien el Lucena estaba locamente enamorado. En Gibraltar reneg?, se cas?, y empez? a trabajar, por encargo de la Sociedad B?blica, en la revisi?n del Antiguo y Nuevo Testamento traducidos por Torres Amat. Tradujo, adem?s, algunos librillos de propaganda extractados de Las Contemplaciones, de Hall. Viv?a, hace poco tiempo, desempe?ando en Oxford una ense?anza de lengua castellana (2869).
El infatigable Thomas Parker tradujo del castellano e imprimi? en Edimburgo en 1855 un abominable y nefando pamphlet contra el catolicismo. No expresa el nombre del autor original, pero consta, por una nota manuscrita puesta por Usoz al principio de un ejemplar, que lo fue D. N. Mora, redactor de El Heraldo. Hizo bien en callar su nombre, porque es libro de los que bastan para tasar el valor moral de un autor. De lo que ser? esta vergonzosa diatriba, j?zguese por los r?tulos de algunos p?rrafos: ?Propensiones amatorias unidas con la religi?n. -Barraganas. -Pr?cticas inmorales del clero. -Degradado car?cter e impopularidad de los curas. -Descripci?n de la vida de las monjas. -Il?citas relaciones formadas por el clero. -Car?cter feroz del amor en los claustros. -Asesinato de una joven [900] por su confesor. -Horrible corrupci?n de los capuchinos de Cascante (2870)?.



- IV -
Un cu?quero espa?ol: D. Luis de Usoz y R?o.
La biograf?a de Usoz queda hecha indirectamente en el discurso preliminar de esta historia y en muchos cap?tulos y notas de ella. El nombre de Usoz es inseparable de la literatura protestante del siglo XVI, que ?l recogi?, orden?, salv? del olvido e imprimi? de nuevo, dej?ndonos, a costa de enormes dispendios, la m?s voluminosa colecci?n de materiales para la historia del protestantismo espa?ol. Su entendimiento, su actividad, su fortuna, su vida toda, se emplearon y consumieron en esta empresa, en la cual puso no s?lo fe y estudio y entusiasmo, sino el m?s terco e ind?mito fanatismo. Porque Usoz era fan?tico, de una es especie casi perdida en el siglo XIX e inveros?mil en Espa?a, de tal suerte que en su alma parec?an albergarse las mismas feroces pasiones que acompa?aron hasta la hoguera al bachiller Herrezuelo, a Julianillo Hern?ndez y a D. Carlos de Ses?.
Era en suma, D. Luis de Usoz un protestante arqueol?gico, pero no con la frialdad y calma que la arqueolog?a infunde. Un espiritista hubiera dicho de ?l que ven?a a ser una de las postreras reencarnaciones del esp?ritu de Antonio del Corro o del doctor Constantino. Enfrascado d?as, meses y a?os en aquella ?nica lectura, hab?an producido en su mente los libros teol?gicos del siglo XVI efecto algo semejante al que produjeron los de caballer?as en la mente del Ingenioso Hidalgo. A la manera que Pomponio Leto y sus amigos no sab?an vivir sino entre los recuerdos de la Roma pagana, el pensamiento de Usoz volaba sin cesar a aquellas reuniones dominicales de Chiaja, en que Juan de Vald?s comentaba las Ep?stolas de San Pablo ante los m?s bizarros galanes y apuestas damas de la corte del virrey D. Pedro de Toledo. No es hip?rbole temeraria afirmar que Usoz anduvo toda su vida plat?nicamente enamorado de Julia Gonzaga, convirti?ndola en se?ora de sus pensamientos. La heterodoxia de Usoz es uno de los ejemplos m?s se?alados y extraordinarios de espejismo erudito que yo recuerdo. Los espa?oles que en este siglo han abrazado el protestantismo, todos o casi todos han salido de la Iglesia por los motivos m?s prosaicos, miserables y vulgares; todos o casi todos son curas y frailes ap?statas que han renegado porque les pesaba el celibato. As?, aun los m?s famosos: Blanco White, Calder?n. Pero Usoz no; Usoz era seglar y era opulent?simo; no pudieron moverle, y en efecto no le movieron, ni el acicate del inter?s ni el de la concupiscencia. Estaba adem?s seguro y [901] bienquisto en su patria, nadie le persegu?a, nadie le inquietaba. No iba a buscar en el protestantismo ni refugio ni seguridad, ni honores ni riquezas. Iba s?lo a gastar las propias, no s?lo en empresas de bibli?filo, sino en el contrabando de Biblias, y en amparar todo g?nero de tentativas descabelladas de reforma religiosa, y en mantener a una porci?n de Guzmanes de Alfarache, que, sabedores de su largueza, sentaban plaza de reformadores y de ap?stoles.
Don Luis de Usoz y R?o, descendiente de antigua familia navarra e hijo de un jurisconsulto que hab?a sido oidor en Indias, naci? en Madrid por los a?os de 1806. Estudi? humanidades y derecho. Orchell, el famoso arcediano de Tortosa, le ense?? el hebreo, de cuyo idioma regent? c?tedra en la Universidad de Valladolid siendo a?n muy joven. Colegial de San Clemente, de Bolonia, luego, perfeccion? en Italia sus conocimientos filol?gicos por el trato con Mezzofanti y Lanci. De vuelta a Espa?a en 1835, contrajo matrimonio con D.? Mar?a Sandalia del Acebal y Arratia, que le hizo poseedor de riqu?sima herencia, unida a la no leve que Usoz pose?a ya. Desde entonces pudo dar rienda suelta a sus aficiones bibliogr?ficas y reunir una colecci?n tal, que entonces pareci? de las primeras, y hoy, si bien menos numerosa que otras, debe ser tenida por singular y ?nica en su g?nero.
Aunque Usoz sonaba bastante entre la juventud literaria de aquel tiempo y hay versos suyos, harto medianos, insertos en El Artista (2871), sus graves estudios y la natural austeridad de su entendimiento le llevaban a la controversia teol?gica, si bien con errado impulso. Sab?a hebreo y griego, cosa harto rara en Espa?a en aquel per?odo de retroceso semib?rbaro, que coincide con la primera guerra civil. Era muy dado a la lectura de la Biblia en sus textos originales, con estar maleado ya por ciertas influencias volterianas de su educaci?n y del colegio de Bolonia, conservaba semillas de cristianismo y era de madera de herejes y de sectarios, no de madera de indiferentes ni de imp?os.
Como no existe ninguna biograf?a de Usoz, ni yo le he alcanzado ni tratado, ni s? que ?l se franqueara con nadie sobre esta materia, no puedo escribir aqu? punto por punto, como yo deseara por ser caso psicol?gico curios?simo, las variaciones y tormentas de su conciencia, que es el punto principal en la vida de todo disidente de buena fe. S?lo llego a columbrar que, entregado Usoz a la lectura y libre interpretaci?n de los sagrados textos y a la de varios controversistas, m?s o menos herejes, del siglo XVI, fue forj?ndose una especie de protestantismo sui generis, cuyos dogmas y art?culos no se fijaron hasta el memorable d?a en que un librero de viejo le trajo a vender un ejemplar de la Apolog?a, de Barclay, traducida por F?lix Antonio de Alvarado. Algo estramb?tico hab?a, sin duda en germen en el pensamiento de Usoz cuando aquella lectura le sedujo tanto. Es lo cierto que se enamor? de los cu?queros y de su doctrina, y que [902] no par? hasta ir a visitarlos a Londres en 1839, provisto de una carta de recomendaci?n de Jorge Borrow (?buen introductor!) para Jonat?s Forster, uno de los principales miembros de la Sociedad de los Amigos.
Imag?nese si los cu?queros le recibir?an con palmas, encantados de tan valiosa adquisici?n, ellos que son tan pocos y tan olvidados aun en Inglaterra. Entre todos se extrem? un tal Benjam?n Barron Wiffen, de Woburn, hermano del traductor de Garcilaso y de la Jerusal?n y algo conocedor de las literaturas espa?ola e italiana. Entonces naci? aquella amistad o hermandad literaria que por tantos a?os los uni?, y a la cual debemos la colecci?n de Reformistas Espa?oles. Con todo, el primer trabajo literario de Usoz no anunciaba severidades cu?queras, antes parec?a romper con ellas y entrar de lleno en los linderos de la bibliograf?a picaresca y de la literatura alegre y desvergonzada. Por entonces hab?a adquirido el Museo Brit?nico un libro espa?ol singular?simo, libro ?nico, aunque parte de su contenido ande en otros cancioneros, en suma, el Cancionero de burlas provocantes a risa (Valencia 1519); libro, m?s que inmoral y licencioso, c?nico, grosero y soez, si bien de alguna curiosidad para la historia de la lengua y de las costumbres. Usoz se prend? de la extra?eza del libro y le reimprimi? elegant?simamente en casa de Pickering, en 1841, en un peque?o volumen que ya va escaseando. Valor se necesita para reproducir, siquiera sea s?lo como documentos bibliogr?ficos, el Pleito del manto y aquella afrentosa comedia, cuyo t?tulo entero veda estampar el decoro. Pero el intento de Usoz iba a otro blanco que al de reimprimir versos sucios, y aun por eso antepuso a la colecci?n un pr?logo en que se esfuerza por atribuir todas las brutalidades e inmundicias del Cancionero a poetas frailes.
Desde luego es una sandez el imaginar que en el siglo del Renacimiento s?lo los frailes y los cl?rigos escrib?an versos; y en un hombre como Usoz, que ciertamente no pecaba de ignorante en libros viejos, quiz? merezca calificaci?n m?s dura. Bast?rale a Usoz recorrer la lista de los nombres conocidos de poetas insertos en el mismo Cancionero que reimprim?a para convencerse de que apenas suena un fraile entre tantos caballeros, se?ores de t?tulo, aranceles de corte, trovadores ?ulicos y judaizantes desalmados como all? forman el coro de Ant?n de Montoro el Ropero, o de Maese Juan el Trepador.
Despu?s de esta publicaci?n, de tan dudosa buena fe y vil?simo car?cter que lleg? a escandalizar al mismo impresor Pickering cuando acert? a enterarse de lo que era, comenz? Usoz su biblioteca de Reformistas con el Carrasc?n, libro que ?l pose?a y que hab?a mostrado a Wiffen en una fonda de Sevilla, inflamando con ?l los deseos de su amigo para colaborar a aquella obra. Al frente de este primer volumen estamp? Usoz un largo pr?logo a modo de manifiesto de sus opiniones religiosas: ?El [903] objeto de reimprimir este libro -dec?a- podr? ser literario, hist?rico, todo lo que se quiera, menos un objeto encismador y propagador de errores. Como cristiano, no me atrever?a de prop?sito a mezclar errores en cosa tan pura como la doctrina cristiana.? Lo que reclama es absoluta tolerancia en materias religiosas: ?Pru?bense todas las cosas y ret?ngase lo que es bueno, no se apague el Esp?ritu.? ?Absoluta tolerancia! Y, sin embargo, Usoz formula a rengl?n siguiente un credo tan absoluto y dogm?tico como otro cualquiera, negando la transubstanciaci?n, el purgatorio, la adoraci?n de las im?genes, la santificaci?n de los d?as de fiesta, el primado espiritual del Papa y combatiendo acerbamente el celibato eclesi?stico, las cofrad?as y beaterios y... el encender candelas a medio d?a. Ecce theologus!
El cristianismo de Usoz se reduce a la luz interior de los cu?queros, al ?puro y sencillo esp?ritu cristiano sin mezcla de esp?ritu jer?rquico y papal?. ?Consiste el cristianismo -a?ade- no en una religi?n que ata y fuerza a seguir un sistema especial o que obliga a adoptar este o el otro credo, sino en creer y profesar todas aquellas palabras que tenemos en el Testamento Nuevo, como expresamente pronunciadas por Jesucristo mismo, y en seguir todo aquel conjunto de sus acciones y divina vida que nos dej? por ejemplo. Cuanto nuestra raz?n, movida y guiada por el Esp?ritu Santo, halle conforme con las Santas Escrituras..., otro tanto pertenece a la Biblia y a su observancia y es parte de la viva esperanza y s?lido fundamento de la fe..., de un cristianismo sin ceremonias de la ley antigua ni resabios de gentilismo.?
Tambi?n en el pr?logo de la Imagen del anticristo reconoce Usoz por ?nica regla de fe ?la luz de la Biblia, el esp?ritu perdido y obtenido?. Usoz no es fil?sofo, y aborrece la filosof?a: ?Cristo no ense?? metaf?sica ni constituy? sistema?, dice en el pr?logo de las Artes de la Inquisici?n. Sus libros predilectos son los pietistas protestantes, los unitarios, los cu?queros, los independientes: Gurney, Jonat?s Dymond, Channing. Repetidas veces se declara partidario de los principios de Fox, y traduce la carta de Guillermo Penn al rey de Polonia en nombre de los cu?queros de Danzig.
En pos del Carrasc?n imprimi? Wiffen la Ep?stola consolatoria, que hab?a comprado para Usoz en la librer?a del can?nigo Riego, tirando s?lo 150 ejemplares, y as? fueron volviendo a la luz una tras otra, por esfuerzo y diligencia de entrambos amigos, todas las obras de Juan de Vald?s, Cipriano de Valera, Juan P?rez, Encinas, Constantino, etc., etc., de las cuales, sin exceptuar ninguna, queda hecha larga menci?n en sus art?culos respectivos, donde asimismo sueles expresarse la procedencia del ejemplar que sirvi? para la reimpresi?n. Unos, los m?s, eran de la biblioteca del mismo Usoz, adquiridos por ?l afanosamente en Londres, en Edimburgo, en Par?s, en Lisboa, en Augsburgo, en Amsterdam, en todos los mercados de libros de Europa. Otros [904] fueron copiados por Calder?n y Wiffen de manuscritos del Museo Brit?nico o del Trinity College, de Cambrigde, o de galer?as de particulares ingleses. Usoz no s?lo corrigi? los textos y los exorn? de pr?logos e introducciones, sino que volvi? a lengua castellana alguna de estas obras, publicada por primera vez en lat?n, en ingl?s o en italiano; as? las Ciento diez consideraciones, as? el Alfabeto cristiano, as? las Artes de la Inquisici?n, as? el Espa?ol reformado, de Sacharles. Investig? cuanto pudo de las vidas de sus autores; anot? las variantes, si las ediciones eran diversas; sigui? la pista a los an?nimos, a las rapsodias y a las traducciones; a?adi? documentos, compuso fechas, mejor? hasta tres veces la lecci?n de una misma obra y dej? verdaderos modelos de ediciones cr?ticas, como la del Di?logo de la lengua.
En 1848 comenz? sus trabajos con el Carrasc?n, y en 1865, pocos meses antes de su muerte, los acab? con la Muerte de Juan D?az; veinte vol?menes en todo, sin contar el Di?logo de la lengua, y el Cervantes vindicado, de Calder?n. Esplendidez tipogr?fica despleg? en todo ello, hasta entonces desconocida en Espa?a, sirvi?ndole primero las prensas de D. Mart?n Alegr?a, en Madrid (ex aedibus Laetitiae), y luego, las de Spottiswoode, en Londres. En el frontis de algunos vol?menes estamp? estas palabras: Para bien de Espa?a. En otros se titul? Amante de toda especie de libertad cristiana: Omnigenae christianae libertatis amator. El trabajo de la colecci?n es todo suyo; s?lo la Ep?stola consolatoria fue costeada e ilustrada por Wiffen, que tradujo, adem?s, al ingl?s el Alphabeto christiano. En los restantes libros no tuvo m?s empleo que el de copista y agente de librer?a por cuenta de Usoz. Muertos uno y otro, el doctor Eduardo Boehmer, de Estrasburgo, est? continuando esta Biblioteca, y tiene ya impresos cuatro tomos m?s de Juan de Vald?s y del Dr. Constantino. Cf. Ap?ndice [vol. 7. Ed. Nac.].
Obras originales de Usoz, s?lo dos han llegado a mis manos: su traducci?n de Isa?as, hecha directamente del hebreo, conforme al texto de Van-der-Hoodt (1865), la cual le acredita no s?lo de hebraizante, sino de conocedor profundo de la lengua castellana, y el folleto intitulado Un espa?ol en la Biblia y lo que puede ense?arnos, obrilla encaminada a ponderar los beneficios de la tolerancia con el ejemplo de Junio Gali?n, hijo de S?neca el Ret?rico, propretor de Acaya y juez de San Pablo.
Las noticias que hemos podido allegar nos autorizan para creer que Usoz anduvo m?s o menos activamente mezclado en todas las tentativas protestantes del reinado de D.? Isabel. Ya queda referido el eficaz auxilio que prest? al viajante evang?lico Jorge Borrow. A mayor abundamiento, en uno de sus libros he hallado, a modo de registro, una carta, fecha en Granada el 11 de febrero de 1850, en que varios amigos refieren a Usoz que se han reunido en n?mero de doce (dos de ellos incr?dulos antes), decidiendo un?nimemente adoptar las doctrinas de El catolicismo neto, de Calder?n, y propagarlas y hacer la guerra al clero. [905] Un D. Jos? V?zquez se encarga de escribir a Londres al doctor Thompson y de enviar a M?laga ejemplares del Nuevo Testamento y repartirlos entre los pobres de Granada (2872).
Toda la vida de Usoz se gast? en este absurdo prop?sito de hacer protestante a Espa?a, y de hacerla del modo que lo ense?aban sus libros viejos. Juan de Vald?s, sobre todo, era su ?dolo, y no tuvo en su vida d?a mejor que aquel en que Wiffen le present? la biograf?a del famoso conquense, a quien, muerto y separado por larga distancia de siglos, ten?an entrambos por su m?s familiar camarada y amigo.
Dej? Usoz preparados muchos materiales para una historia de la Reforma en Espa?a, y aun escrito en parte el primer cap?tulo; pero estos y otros proyectos suyos vino a atajarlos de improviso la muerte en 17 de septiembre de 1865. Muri? como hab?a vivido. Su hermano D. Santiago (catedr?tico de griego en Salamanca, a quien conoc? bastante a?os despu?s, y que, seg?n entiendo, muri? cat?licamente en El Escorial) escribi? a Wiffen estas significativas palabras, que el Dr. Boehmer ha publicado, que por mi parte no creo necesario comentar: ?Su mujer me ha contado hoy ciertos pormenores de su muerte, y dice que muri? con igual paz y tranquilidad que la que hubiera tenido ah? (es decir, en Inglaterra). Nadie le incomod? y ella cumpli? todas sus prescripciones. ?l muri? cristianamente y ella muestra conformidad cristiana? (2873).
La viuda de Usoz, cumpliendo sus ?ltimas indicaciones, regal? a la Sociedad B?blica de Londres los restos de la edici?n de los Reformistas, y a la Biblioteca Nacional de Madrid, lo dem?s de su librer?a, riqu?sima en Biblias y autores escriturarios y sin rival en el mundo en cuanto a libros her?ticos espa?oles.



- V -
Propaganda protestante en Andaluc?a. -Matamoros.
Sobre la vida de Matamoros public? el pastor Greene un libro de fan?tico (2874), en estilo b?blico a ratos, y a ratos, como de vida de santo o de testimonio en causa de beatificaci?n. El fondo principal de la obra son cartas del mismo Matamoros, que Greene, con extraordinaria candidez, acepta y da por buenas, sin compulsar sus noticias ni reparar en las falsedades y contradicciones que envuelven. Si se quiere apurar la verdad, es [906] preciso cotejar a cada paso el relato de Greene con la impugnaci?n que de ?l publicaron algunos protestantes conversos en El L?baro (n?mero 1) y con las noticias insertas en la Gaceta de 12 de marzo de 1863.
Matamoros, a quien su bi?grafo llam? joven m?rtir, alto monte, monumento cicl?peo, inocencia conservada y, finalmente, el gran cristiano de M?laga, era un mozo del Perchel, ex cabo del ej?rcito, expulsado de su regimiento (y no ciertamente por te?logo) y refugiado en Gibraltar, donde se dej? catequizar por otro personaje de la misma laya, D. Francisco Ruet, catal?n, ex corista de teatro, que en Tur?n hab?a sentado plaza de misionero bajo la direcci?n del Dr. De Sanctis. La activa propaganda que hizo en Barcelona por los a?os de 1855 le cost? una larga prisi?n y, finalmente, el destierro.
Ruet comision? a Matamoros, son palabras de Greene, ?para que fuese a M?laga y a Granada a predicar a los que en aquellas ciudades estaban a?n en la oscuridad y en las tinieblas de la muerte... Y al fin vieron la gran luz?. Lo cual quiere decir que, como Matamoros tra?a dineros y a?n m?s promesas que dineros, y hablaba adem?s con cierto calor persuasivo, que disimulaba su profunda ignorancia, no dej? de encontrar cuatro desesperados que firmasen con ?l una protesta de fe reformada. Matamoros form? una junta con los catec?menos que le parecieron m?s activos, despiertos y evang?licos, dividi? a los restantes en congregaciones, les reparti? libros, les hizo pl?ticas semanales, y dilat? sus correr?as de predicador a Sevilla, Ja?n y otras ciudades andaluzas. El gobernador civil de M?laga quiso proceder contra ?l, y, huyendo Matamoros de padecer persecuci?n por la justicia, fue a dar en Barcelona, donde se hallaba en septiembre de 1860. En pos de ?l lleg? una requisitoria, a tenor de la cual fue encarcelado e interrogado. Greene ha publicado las cartas que le dirigi?; cartas reducidas a pedir, en tono sentimental, inspirado y dulzazo, alguna ayuda de costa, que Greene y otros hermanos le facilitaron con la unci?n m?s candoroso del mundo.
Como Matamoros hab?a incurrido en el p?blico delito de propaganda anticat?lica, penado con a?os de presidio en nuestro C?digo de entonces, la Audiencia de Granada reclam? su persona y comenz? a instruir el proceso. Al mismo tiempo, y por el mismo delito, fueron procesados un sombrerero de Granada, Jos? Alhama, que luego lleg? a obispo protestante, y un cadete de Artiller?a llamado Trigo, como si dij?ramos el Timoteo y el Filem?n de Matamoros. En M?laga fueron presas dieciocho personas m?s, tan oscuras y de tan negros antecedentes, que de alguno de ellos lleg? a estamparse en los peri?dicos de aquellos d?as, sin protesta de nadie, que hab?a estado cuatro a?os en presidio. Otros se salvaron huyendo a Gibraltar; as? un seminarista de Granada, N. Alonso, que despu?s de la Septembrina se hizo conspicuo en Sevilla con el apellido de Marselau. [907]
Cualquiera sospechar? que el Gobierno de la Uni?n Liberal, que ciertamente no se distingu?a por el fervor cat?lico, hubo de tener m?s motivos que los puramente religiosos para proceder con m?s inusitado celo contra Matamoros y c?mplices. Propaganda muy activa hac?a Usoz en Madrid mismo, y nadie le molest? nunca. Pero los protestantes de Andaluc?a eran gente muy de otra condici?n y estofa, afiliados por la mayor parte en clubs republicanos y socialistas, que conspiraban activamente contra el Gobierno.
El protestantismo era s?lo un pretexto, un cebo o una a?agaza para explotar la caridad de los devotos ingleses. ?Mi calabozo es un peque?o foco de luz evang?lica -dec?a Matamoros-. Tengo tres convertidos entre los presos... ??Y c?mo no hab?an de convertirse viendo el regalo y la op?para vida que se daban aquellos ap?stoles con las remesas de dinero que continuamente llegaban de Gibraltar y de Inglaterra? Sir Roberto Peel fue a visitarlos a su paso por Granada. En Inglaterra, una comisi?n de ministros de varias sectas se present? a pedir a lord John Rusell que intercediera oficialmente por los presos. Se hicieron rogativas por su libertad. Se dirigieron peticiones a la C?mara de los Comunes para que Inglaterra nos obligara, por fuerza o de grado, a aceptar la libertad de cultos. Los peri?dicos ingleses m?s le?dos, el Morning Post, v.gr., pugnaron por Matamoros como pro aris et focis, comparando su encarcelamiento con las matanzas de cristianos en Siria y Turqu?a. Y, finalmente, no hubo pastor evang?lico, ni beata anglicana, ni lady sentimental a quien no arrancara copiosas l?grimas la desgracia del ap?stol malague?o. As? ?l como Alhama, se hab?an dado a escribir cartas de edificaci?n, remedando el tono de las Ep?stolas de San Pablo y empedr?ndolas de textos b?blicos; y los ingleses, sin duda por haber cursado poco la playa de M?laga y el Potro de C?rdoba, ca?an como incautas mariposas en aquel burdo y grotesco artificio, digno de la Virtud al uso y m?stica a la moda, de D. Fulgencio Af?n de Ribera. ?Es muy posible -dec?a un articulista del Morning Post que Matamoros y Alhama padezcan tan horribles tormentos, que al fin mueran.? Hasta en el Parlamento alzaron la voz sir Roberto Peel y M. Kinnard, equiparando el calabozo de Matamoros con el del prisionero de Chillon, de Byron.
El promotor fiscal ped?a contra Matamoros, Alhama y Trigo nueve a?os de presidio. La prensa progresista, y especialmente El Clamor P?blico, hac?a atm?sfera en favor de ellos. El Gobierno de O'Donnell se inclinaba a mitigar la pena o a indultarlos, y quiz? hubieran salido mucho antes de la c?rcel a no estallar en Loja el mot?n socialista de 1 de julio de 1861, en que a los gritos de ??Muera la reina!? y ??Viva la Rep?blica!? se mezclaban los de ??Muera el Papa!?, y a los discursos patri?ticos, la repartici?n de Biblias y hojas protestantes. Aquella tierra estaba reciamente trabajada, meses hab?a, por la propaganda inglesa, y desde el primer momento se crey? y tuvo por cierto que, en [908] Granada, Matamoros y Alhama no eran extra?os a la intentona revolucionaria del alb?itar P?rez del ?lamo. Es verdad que judicialmente no se les lleg? a probar; pero ?cu?ntas cosas hay que judicialmente no se prueban y est?n, con todo eso, en la conciencia p?blica!
El proceso segu?a lentamente y con chistosas incidencias. Los acusados aprovechaban todas las vistas e interrogatorios para declararse protestantes; pero en una ocasi?n los fondos gibraltare?os se retardaron, o no llegaron, o no se repartieron con igualdad, y entones Trigo llam? a un escribano, abjur? el protestantismo e hizo profesi?n de fe cat?lica. A los pocos d?as cambi? de escena; llegan nuevas letras de Gibraltar, y Trigo, movido otra vez por el Esp?ritu, vuelve a renegar y hacerse protestante. Tales eran los puntales de la flamante Iglesia espa?ola, que tan cara iba saliendo ya a los ingleses.
Pero no se entibiaba el fervor de ?stos, siquiera la Gaceta procurara abrirles los ojos cont?ndoles la vida y milagros de aquellos que llamaban sicarios y ateos pr?cticos. Hab?a fan?ticos ingleses y ginebrinos que ven?an en peregrinaci?n a visitar la c?rcel de Matamoros como si se tratase de la de San Pedro. En sus cartas y en sus conversaciones, se comparaba Matamoros con el mismo Redentor del mundo, y a?ad?a en tono de inspirado: ?Me he consagrado completamente a Dios por mediaci?n del Dulce Nombre de Jes?s; suyo soy; ?l abrir? la puerta de mi c?rcel, si ?l ve que conviene para m? y para todos... Y, si no, s?lvese mi alma y perezca mi cuerpo a manos de mis verdugos. As? han perecido muchos santos, pero sus almas han sido m?rtires de la verdad ante el mundo y han sido salvadas por Jes?s... La luz ha brillado en la oscuridad y en la regi?n del error entra la verdad eterna.?
Un abogado de Granada, D. Antonio Moreno D?az, defendi? con bastante habilidad la causa de Matamoros; pero estaba la ley tan clara y terminante, que la Audiencia tuvo que aplic?rsela de plano, condenando a Matamoros y Alhama a ocho a?os de presidio, y a cuatro a D. Miguel Trigo, que luego fue dado por libre. A iguales penas, por los mismos delitos de apostas?a p?blica y tentativas contra la religi?n cat?lica (art?culos 128, 130 y 136 del C?digo penal), conden? la Audiencia de Sevilla a D. Tom?s Bordallo y a D. Diego Mesa Santaella.
Los protestantes extranjeros pusieron el grito en el cielo, volvi?se en las C?maras de Inglaterra a reclamar la intervenci?n, pero lord Palmerston respondi? que no conven?a herir innecesaria y sistem?ticamente la dignidad nacional de Espa?a con injerencias en su pol?tica interior, ni menos en sus asuntos judiciales; por lo cual lo ?nico que pod?a intentarse cerca del Gobierno de Su Majestad Cat?lica era pedir el indulto.
Grave desenga?o para los m?sticos metodistas y cu?queros. Privados del apoyo oficial, se dieron a trabajar por cuenta propia; la Junta Brit?nica de la Alianza Evang?lica y la Conferencia [909] Cristiana Internacional de Ginebra enviaron a Madrid al mayor general Alexander para gestionar la libertad de los procesados. O'Donnell se mantuvo firme, y no dio a Alexandre m?s que buenas palabras y corteses excusas a pesar de la intervenci?n oficiosa de los embajadores de Inglaterra y Prusia.
La Alianza Evang?lica no desisti? por este primer fracaso. Queriendo dar m?s solemnidad a sus instancias, diput? una comisi?n numeros?sima, compuesta de representantes de Austria, Baviera, Dinamarca, Inglaterra, Francia, Holanda, Prusia, Suiza y Suecia, entre los cuales se contaba el bar?n von Riese Stallburg, M. Brandt, Samuel Gurney, Joseph Cooper, el conde Edmundo de Pourtales, el bar?n de Brusnere, el pastor G. Monod, el bar?n von Linden, el Dr. Capadose, el conde Kanitz, el pr?ncipe Reuss, el bar?n Hans Essen, M. Adrian Naville, el conde de Aberdeen y otros muchos. Nuestro Gobierno no las tuvo todas consigo al ver desfilar aquella comitiva de personajes tan conspicuos y esplendentes, tan ceremoniosos y de nombres y t?tulos tan peregrinos, patrocinados adem?s por el duque de Montpellier, que se dec?a partidario de la libertad religiosa. Lo cierto es que de la noche a la ma?ana, la pena de Matamoros y sus c?mplices fue conmutada, de presidio, en nueve a?os de extra?amiento...
Sali? Matamoros de la c?rcel de Granada el 29 de mayo de 1863, juntamente con Alhama y Trigo, y el 1 de junio estaban ya en Gibraltar. Trigo se fue a Or?n de evangelista. Alhama puso una sombrer?a en Gibraltar, de donde sali? para ser obispo reformado. Gonz?lez Flores y el escultor Mar?n, de M?laga, fueron a parar a Burdeos, y Matamoros a Bayona, donde le dio piadoso albergue M. Nogaret. Pero, apenas se vieron en tierra extra?a, descubrieron todos la hilaza, ri?eron entre s?, ofendieron la gravedad inglesa con sus rencillas, ignorancia y malas pasiones, y todo el mundo, a no ser alguna vieja fan?tica o alg?n delirante como M. Greene, les volvi? la espalda, teni?ndolos por charlatanes y traficantes religiosos de ?nfima ralea, desconocedores de la misma creencia reformada que dec?an predicar, y de la cual se daban por m?rtires y profetas. En Inglaterra a nadie pudo deslumbrar, tratada de cerca, aquella hez de nuestras c?rceles; contrabandistas y presidiarios que erraron la vocaci?n. Mientras la lejan?a y la persecuci?n les dieron cierta aureola de m?rtires, pudo sostenerse la ilusi?n; pero ?qu? efecto hab?a de hacer en Londres un personaje tan vulgar e inculto como Matamoros, sin m?s letras que las adquiridas en un cuartel?
As? es que volvi? de Inglaterra desalentado, y s?lo pudo entenderse con algunos propagandistas del mediod?a de Francia, con el concurso de los cuales empez? a tratar de la fundaci?n de un colegio evang?lico en Bayona. El n?cleo hab?an de ser trece emigrados espa?oles de all? convertidos por Matamoros. [910] Otro colegio se fund? en Lausana, protegido por el pastor Bridel y por su mujer. El de Bayona, trasladado luego a Pau, era elemental; el de Lausana ten?a pretensiones de seminario teol?gico protestante. De ?l sali? pastor Carrasco, de que m?s adelante se dar? noticia, y de ?l la mayor parte de los fundadores de iglesias evang?licas espa?olas en estos ?ltimos a?os.
Al mismo tiempo segu?an los trabajos en Espa?a, dirigi?ndolos Matamoros por medio de una activa correspondencia. El pastor Currie, en un informe que present? en 1865 a cierta sociedad evang?lica de Par?s, dice con manifiesta hip?rbole que en una ciudad espa?ola (cuyo nombre est? en blanco en la biograf?a de Matamoros) hab?a encontrado una congregaci?n de 300 individuos, dirigida misteriosamente por una junta de seis evangelistas, cuyos nombres ignoraban los restantes; gente que ten?a a?n escaso conocimiento de las Sagradas Escrituras, pero que procuraba catequizar a sus convecinos y deudos. La organizaci?n de las juntas era semimas?nica, y las hab?a compuestas exclusivamente de mujeres.
Matamoros en sus ?ltimos a?os hizo algunos viajes a Holanda y a Par?s; pero residi? con m?s frecuencia en Lausana, al abrigo hospitalario del pastor Bridel y de su esposa. La plebe protestante todav?a le rodeaba y agasajaba a t?tulo de m?rtir, y es fama que en un pueblecillo de Alemania le recibieron en triunfo y cantando himnos.
?En qu? secta se afili? Matamoros? No resulta claro del libro de Greene, ni es de creer que el ex sargento entendiera mucho de diferencias dogm?ticas. La Biblia..., la palabra sola..., tal era su creencia, si es que tuvo alguna. ?No seamos de Pablo, ni de Apolonio, ni de Cefas, sino de Cristo, y que su esp?ritu sea nuestra gu?a, dice en una carta. Los espa?oles deben escuchar a todos y juzgar por la palabra de Dios.?
Madame Bridel llamaba a Matamoros ?mi querido hijo adoptivo?, y ?l la llamaba ?mi muy amada madre en el Se?or?, y las cartas que se dirig?an rayan en los ?ltimos lindes del sentimentalismo grotesco. ?Nuestra conversaci?n es una oraci?n... -dec?a Matamoros-. Mi buena madre de Lausana es la mano del Se?or, destinada por ?l para que yo viva siempre para ?l... Madame Bridel, en el nombre del Se?or, ha curado muchas de mis heridas.? Una se?ora norteamericana, Mc. E..., viuda y de grandes riquezas y no menor fanatismo, se le asoci? para fundar el colegio de Pau, que qued? definitivamente instalado a principios de 1866.
Matamoros, sinti?ndose pr?ximo a la muerte, emprendi? nuevo viaje a Suiza, se hizo consagrar por el s?nodo de la iglesia libre del cant?n de Vaud, y muri? t?sico el 31 de julio de 1866 en una quinta de las cercan?as de Lausana. Greene ha contado pesad?simamente todos los detalles de su muerte como
s? fuera la de un santo. Los j?venes renegados espa?oles del [911] seminario de Lausana acompa?aron el cad?ver entonando himnos y recitando vers?culos de la Escritura (2875).



- VI -
Otras heterodoxias aisladas: Alumbrados de Tarragona; adversarios del dogma de la Inmaculada; Aguayo; su Carta a los Presb?teros espa?oles.
Desde el a?o 1836 al 1863 fue esc?ndalo del arzobispado de Tarragona una secta her?tica, sacr?lega e inmoral de alumbrados, cuyos jefes eran Miguel Ribas, labrador del pueblo de Alforja, y el cl?rigo D. Jos? Suaso, ex profesor de lat?n en el seminario diocesano. Contra ellos se instruy? proceso en la curia del vicariato eclesi?stico de Tarragona, y tengo a la vista copia legalizada de la sentencia (2876). La causa fue promovida por el gobernador civil de la provincia y seguida despu?s de oficio por el tribunal eclesi?stico. Las proposiciones o?das a Miguel Ribas y a las beatas de Alforja se calificaron, respectivamente, de err?neas, temerarias, escandalosas, blasfemas, peligrosas en la fe, her?ticas, injuriosas a la dignidad de los sacramentos, contrarias al sexto precepto del dec?logo, destructoras del pudor y honestidad de las costumbres y de la santidad del matrimonio y, por ?ltimo, abiertamente contrarias al dogma cat?lico de la necesidad del sacramento de la Penitencia. Eran, en suma, los mismos errores de los alumbrados de Llerena y de Sevilla en el siglo XVI. Miguel Ribas fue desterrado a la Seo de Urgel en 1851, y de all? volvi? en 1863 para morir en su casa de Alforja, reconciliado con la Iglesia. Al poco tiempo comenz? a propagar en Valencia errores muy semejantes un sacerdote llamado Aparisi, que fue desterrado a Mallorca. Casos posteriores han revelado y hecho patente a los m?s incr?dulos la existencia real en Extremadura, en la provincia de Granada y en Madrid mismo de congregaciones m?s o menos numerosas de fan?ticos, inveros?miles casi por lo antisocial, grosero, salvaje y feroz de sus pr?cticas y dogmas. Esta heterodoxia popular, l?brica y misteriosa vive y se alimenta, a su modo, de otras heterodoxias m?s altas y encumbradas, que libremente interpreta. Muchos no saben de ella, y es preciso descender a las ?ltimas capas sociales para ver hasta [912] d?nde llega el estrago.
Quiz? deba contarse entre estas sectas ocultas la muy peregrina de la Obra de Misericordia, importada de Francia por algunos emigrados, siendo su principal propagador en Espa?a D. R. T., coronel de Artiller?a en la primera guerra carlista. De los muy singulares datos que nos ha comunicado persona respetable y verac?sima (2877), resulta que esta secta naci? en Francia, fundada y predicada por un tal El?as, que se llamaba profeta y se cre?a en celestes comunicaciones con el arc?ngel San Miguel. Tuvo, al principio de la Restauraci?n, esta secta o locura car?cter exclusivamente pol?tico, reduci?ndose sus esfuerzos a apoyar a uno de los varios impostores que tomaron el nombre del martirizado delf?n Luis XVII. El?as llev? su insensatez hasta presentarse, acompa?ado de sus secuaces, en el palacio de Carlos X, intim?ndole que restituyera la corona a su verdadero y leg?timo poseedor. Algunos legitimistas franceses se agregaron a aquella horda de fan?ticos iluminados, que muy pronto tomaron car?cter religioso, y establecieron un consistorio en Ly?n, foco de una especie de iglesia laica, en que El?as, a modo de sumo pont?fice, comenz? a oficiar revestido de capa pluvial, con anillo de oro en el dedo ?ndice de la mano derecha y leyendo sus oraciones en el libro de oro de la secta. La comuni?n era bajo las dos especies; el sacerdocio estaba entregado a los laicos, y al terminar los oficios, todos los afiliados, hombres y mujeres, se daban el ?sculo fraternal. Esta aberraci?n tuvo algunos pros?litos oscuros en Madrid, y los papeles que tengo a la vista fijan hasta el lugar de sus reuniones, que era una casa de la calle del Soldado. Poseo una carta del fundador El?as a una afiliada espa?ola, llamada en la secta Mar?a de Pura Llama; documento extraordinario, especie de apocalipsis, dictado por un fren?tico; pesadilla en que el autor conversa mano a mano con los esp?ritus ang?licos y con el mismo Dios; aberraci?n singular?sima de un cerebro enfermo, perdido por la soberbia y por cierto erotismo m?stico.
Fuera de estas aberraciones oscur?simas, la heterodoxia sectaria, en el per?odo que vamos recorriendo, se reduce a ciertos folletos, contra [913] el dogma de la Inmaculada Concepci?n, publicados despu?s de su definici?n dogm?tica por P?o IX en 1854. Si en alguna parte hab?a de ser acogida no con sumisi?n, sino con entusiasmo esta declaraci?n, que, por decirlo as?, ven?a a poner el sello de lo infalible a lo que por siglos y siglos hab?a sido general creencia y consuelo de las almas cristianas, era en Espa?a, naci?n devot?sima entre las m?s devotas de la Virgen, naci?n donde se hab?an re?ido tan bravas batallas en pro de la Inmaculada y donde este dogma hab?a sido inspiraci?n de poetas y pintores y materia de juramento en universidades y ?rdenes militares. Pero ni en Espa?a ni en parte alguna faltan esp?ritus d?scolos que solitariamente se rebelen contra el creer y el pensar com?n, y los hubo en Espa?a que protestasen contra el dogma aun despu?s de definido, unos por a?eja preocupaci?n de escuela que se dec?a tomista, otros por esp?ritu levantisco contra los superiores y contra Roma. Llev? la voz entre ellos el ex dominico Fr. Braulio Morg?ez, antiguo catedr?tico de Teolog?a en la Universidad de Alcal?, fraile turbulento e indisciplinado, que ya en 1853 hab?a promovido ruidoso esc?ndalo con ciertos Di?logos entre el presb?tero D. Tirso Investigador y el doctor en Teolog?a Fr. Alfonso Constante sobre la potestad de los ordinarios diocesanos respecto a sus cl?rigos y dem?s personas eclesi?sticas que, seg?n el santo concilio de Trento, les est?n sujetas aunque sean exentas. Todo en venganza de haber sido suspenso de licencias y separado de un economato que desempe?aba en la provincia de Cuenca. Por donde su empe?o en toda la obra es impugnar la doctrina can?nica que concede a los prelados la potestad de suspender a sus s?bditos, ex informata conscientia, conforme a lo preceptuado por el concilio de Trento.
Conocida la ?ndole tumultuosa y revolucionaria del autor, no es de admirar que, en vez de someterse d?cilmente a la bula Ineffabilis Deus, como lo hicieron dentro de su misma Orden los que con m?s calor hab?an llevado antes la sentencia contraria a la de la escuela franciscana, persistiera en escribir sobre la nulidad dogm?tica de la definici?n de la Inmaculada, lanz?ndose abiertamente en varios folletos ya no al cisma, sino a la herej?a, disimulada vanamente con mil subterfugios y sofismas (2878). Cuando Roma habla, toda causa ha acabado. El que con pertinacia lo niegue, podr? llamarse te?logo o canonista, pero de fijo no es cat?lico.
Estos folletos hicieron poco ruido, el pueblo cat?lico no los ley?, y a los liberales les parecieron demasiada teolog?a y cuestiones para entre frailes. En cambio, obtuvieron escandalosa resonancia, en los ?ltimos d?as del reinado de D.? Isabel II, a ra?z del reconocimiento del reino de Italia, el nombre y los escritos del cl?rigo granadino D. Antonio Aguayo, que inici? su apostas?a, luego formalmente consumada, con una Carta a los presb?teros espa?oles (1 de agosto de 1865). D?jose, y al parecer con fundamento, que el tal presb?tero no era m?s que testaferro de un alto personaje de la Uni?n Liberal, el cual, juntamente con otros prohombres de su partido, hac?a propias y defend?a a capa y espada las doctrinas de la Carta. Los que conoc?an a fondo a Aguayo cre?anle incapaz de escribir cosa alguna, por m?s que la Carta ni en ideas ni en estilo fuera ning?n portento, sino ramplona repetici?n de todas las vulgaridades callejeras contra [914] los ?obesos can?nigos y obispos, que visten p?rpura y oro, y arrastran lujosas carretelas, y habitan suntuosos palacios?, y especie de manifiesto presbiteriano en pro de lo que ?l llama democracia eclesi?stica, oprimida por los ?fariseos, sepulcros blanqueados, raza de v?boras, serpientes venenosas que se revuelcan en el lodo?. Como Aguayo o su inspirador defend?an el reino de Italia y atacaban el poder temporal del papa, las circunstancias pol?ticas del momento dieron extraordinaria circulaci?n e indigna fama a este folleto pedantesco, desentonado, atrabiliario y sopor?fero, sin rastro de gram?tica, ni de teolog?a, ni de sentido com?n.
Lo que se dijo y escribi? con motivo de esta carta est? coleccionado casi todo por el Sr. Aguayo en un libro que public? en 1866 (2879). Hoy que el inter?s de la pol?mica ha pasado, como pasa todo ruido sin sustancia, ser?a verdadero cargo de conciencia robar el tiempo que se debe a cosas m?s importantes y entretenernos en la discusi?n de un librejo tan insulso y balad?, que ni siquiera provoca la risa por lo extravagante, ni sirve de otra cosa que de acrecentar el hondo desprecio que en toda alma recta bien templada producen las apostas?as y calaveradas clericales, especie de bufonada grosera que acaba por hastiar a los mismos que la aplauden un momento. Baste dejar consignado, aunque ya pudiera sospecharse, que la prensa liberal, comenzando por los dem?cratas y acabando por los unionistas, reprodujo y encaram? a las estrellas el aborto de Aguayo: que los peri?dicos cat?licos, La Esperanza, La Regeneraci?n y El Pensamiento Espa?ol le hicieron trizas en largas y detalladas impugnaciones; que se publicaron otras en folleto aparte, algunas tan dignas de leerse como la del sabio lectoral de Ja?n, D. Manuel Mu?oz Garnica; la del ardoroso y temible controversista sevillano D. Francisco Mateos Gago y la del presb?tero guatemalteco D. Jos? Antonio Ortiz Urruela; que los prelados prohibieron la Carta de Aguayo como escandalosa y sapiente a herej?a; que Aguayo se rebel? contra la condenaci?n, apoyado por El Reino y otros peri?dicos de la Uni?n Liberal; que, abandonado despu?s por ellos, hizo alianza con La Discusi?n y con los dem?cratas, y mereci? ser elogiado en tres kilom?tricos art?culos, que por su estilo dicen a voces ser de Castelar; que luego se someti?, se retract? e hizo p?blica y solemne abjuraci?n de sus errores en manos del arzobispo de Granada; que al poco tiempo volvi? a reincidir y a retractarse de su retractaci?n como arrancada minis et terroribus; y, finalmente, que al llegar la revoluci?n del 68, se hizo republicano, y adem?s protestante o cosa tal, y anduvo por los pueblos haciendo misiones contra el poder espiritual del papa (2880). Ignoro cu?l ha sido su [915] suerte posterior, ni aun puedo afirmar si a estas horas es muerto o vivo. El esc?ndalo le sac? de la oscuridad por un instante, y su propia median?a, o m?s bien nulidad, volvi? a hundirle en la sombra y en el olvido. Tuvo su d?a de representar, sin ciencia ni elocuencia, la provocaci?n subversiva y cism?tica al clero parroquial contra lo que llaman galicanamente los liberales alto clero; provocaci?n frecuente en otras partes, y que aqu?, en Espa?a, ha ca?do siempre como en arena.
Apenas me atrevo a incluir en este cap?tulo de aberraciones heterodoxas aisladas, como no sea a guisa de sainete, la de un cl?rigo, D. Jos? Mar?a Moralejo, catedr?tico suplente de Teolog?a en la Universidad de Madrid, com?nmente llamado el Cura de Brihuega, porque, en efecto, hab?a desempe?ado aquella parroquia en alg?n tiempo, abandon?ndola luego para dedicarse a la vida aventurera de cl?rigo liberal y patriota. Tales cosas hizo y dijo del 20 al 23 en las sociedades patri?ticas y en las calles, donde sol?a ser obligado acompa?ante de Riego, que en 1824 le fue forzoso emigrar a Par?s. All? se hiz
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