Lunes, 18 de febrero de 2008

Juan Bautista Cabrera
P.García Rubio
Escritor.
La actual Iglesia Evangélica Española echa sus raíces allá por el año 1868, cuando toda una serie de convulsiones políticas y sociales que habían sacudido a España desde las guerras napoleónicas de comienzos del siglo XIX, culminaron en un acontecimiento que, si bien fue corto en el tiempo, tuvo repercusiones indelebles para la nación y para los protestantes españoles muy particularmente: la proclamación constitucional de la libertad de cultos. Dado que la República de 1868, que había proclamado la constitución no pasó de ser un soplo en el huracán de la historia. Pero un soplo tan poderoso que derribó el árbol secular de la tradición de la intransigencia religiosa, ya que si tras la caída se procuró volver a dicha tradición, nunca pudo lograrse ya de manera completa.

 

 

 

La historia del protestantismo español no comienza en 1868, como acabamos de ver, pero sí su presencia pública reconocida. Así tenemos desde 1855, noticias de los esfuerzos realizados por algunos españoles, entre los que destaca D. Luis de Usoz y Río, nacido en Madrid en 1805, catedrático de hebreo en Valladolid y traductor de ciertos textos bíblicos. Usoz y Río  da vida a un Comité para fomentar el Evangelio en España. En este trabajo colaboran algunos británicos, sin que fuera ajeno Jorge Borrow, autor del libro “La Bíblia en España”. Por los mismos años, José Vázquez nos es conocido como agente de la Spanish Evangelisation Society de Edimburgo, sociedad que imprime un gran número de tratados y cuya distribución tuvo gran éxito, a pesar de las dificultades de todo género que encontró en su labor. Sabemos también que Manuel Pinto, natural de Sevilla, realiza una labor evangelística desde 1854 a pesar de que la legislación vigente no le permite reunir más de seis personas a la vez.

 

Sin embargo, los verdaderos comienzos de la Iglesia Evangélica Española están ligados a varios nombres que se conocen por haber llevado a cabo una labor evangelizadora sistemática, antes de 1868, de la que surgen numerosas comunidades. Encabeza estos nombres el del catalán Francisco de Paula y Ruet, y le siguen Manuel Matamoros, Alhama, Trigo, Carrasco, Cabrera,  etc.  Alrededor de ellos gira la historia del protestantismo de entonces.

 George Borrow

Ruet conoció el protestantismo en Italia, donde había ido a ampliar sus conocimientos musicales. Un buen día acertó a pasar por delante de una iglesia valdense y escuchó predicar al Dr. Luigi Desanctis, lo que le conmovió y le llevó a comprar un Nuevo Testamento y a estudiarlo en su casa. Poco tiempo después se hizo miembro de esa Iglesia. Valdo Vinay afirma: “en este tiempo (1852) tiene que haber tenido lugar la conversión de Francisco de Paula y Ruet de Barcelona. Había venido a Italia movido por su pasión teatral. Pero a causa de una grave enfermedad perdió la voz y tuvo que renunciar a su carrera. Fue atraído por la predicación de Desanctis, parece que durante los cultos que se tenían en la capilla”.


Durante dos años continuó frecuentando la comunidad Valdense, después regresó a Barcelona a testificar del Evangelio, pero fue arrestado y condenado al exilio. Se retiró a Gibraltar, desde donde continuó la obra de evangelización entre los españoles de todas las regiones de la Península Ibérica. Constituyó una pequeña comunidad, mientras los españoles evangelizados por él sembraban en la Patria el Evangelio, formando otros pequeños grupos de fieles en Málaga, Sevilla, Granada y otras localidades, y todos ellos se pusieron en relación directa con Ruet por medio de una activa y numerosa correspondencia. En 1863, Ruet se vio obligado a dejar Gibraltar y a marchar a Argel, encargado por el Comité de París para misionar entre los numerosos españoles que vivían en aquella región del Africa francesa.

Continuó en esa ciudad hasta el año 1868, en cuya fecha y decretada la libertad de cultos, regreso a España, juntamente con sus compañeros de exilio, estableciéndose en Madrid.

 

Por otro lado, encontramos a Manuel Matamoros, natural de Huelva y militar de profesión. En el curso de una visita a Gibraltar oyó la predicación de Ruet, lo que motivó su conversión al protestantismo. Habiendo dejado el ejército funda una comunidad en Málaga que crece rápidamente. A los dos meses de iniciar sus trabajos evangelizadores, Matamoros había ya reunido a su alrededor diecinueve personas, dispuestas a secundar y llevar a efecto su plan de trabajo, de propagación de la fe evangélica y de la formación de una iglesia  en Málaga. Entre estos hombres se contaban jornaleros, artistas, propietarios, literatos, o sea, de casi todas las clases sociales. Matamoros ayudado a distancia por el pastor Ruet, instruyó en la fe evangélica, en la medida de sus posibilidades, a aquellos hombres bien dispuestos y de acuerdo con las aptitudes e instrucción de cada uno. Formó una Junta directiva, compuesta de un presidente, secretario, tesorero y cuatro vocales. El acta de esta Junta la remitió al pastor Ruet, quien aprobó todo lo hecho y exhortó a todos al trabajo evangélico. Pronto se vieron los frutos de esta pequeña organización. Matamoros se vio impotente para la instrucción y enseñanza de todos los asistentes que llegaban al centenar de personas. Entonces puso en práctica su plan de trabajo. La totalidad de los asistentes a las reuniones y cultos se dividió en tantas congregaciones como componentes tenía la Junta directiva, y estos semi-misioneros se encargaron de la instrucción y enseñanza de cada uno de los asistentes a las reuniones. Por este medio, Matamoros consiguió dar al trabajo evangélico una mayor actividad. El número de reuniones creció y el de asistentes también, deseosos de oír las nuevas doctrinas. Matamoros trabaja incansablemente y va de Málaga a Granada donde ya había una incipiente comunidad a la que tiene que ayudar a reorganizarse, poniendo al frente de la misma a D. José Alhama. Visita Sevilla, ciudad en la que permaneció un mes, creando una Junta directiva al estilo de la de Málaga, dejando asimismo un reglamento y solventando algunas dificultades. Mientras estaba en Sevilla recibió Matamoros una comunicación del Comité de París, en la cual requerían y aceptaban sus servicios y le ofrecían ir inmediatamente a Barcelona para organizar y coordinar en aquella ciudad los trabajos evangélicos, que de una manera un tanto individual se estaba realizando. Matamoros aceptó y se estableció en Barcelona.

Algunos meses hacía que Matamoros trabajaba en Barcelona, cuando el 8 de octubre de 1860, a las siete de la mañana, fue apresado en su casa por un agente de la autoridad. Dicho policía procedió a un minucioso registro de la casa, particularmente en su despacho, e intimó a Matamoros a que le acompañara en calidad de preso. Fue encarcelado por algunas semanas en un calabozo estrecho y húmedo. Allí adquirió la enfermedad que seis años después habría de ocasionarle la muerte. Matamoros sería trasladado de Barcelona a Granada para ser juzgado en la Audiencia de esta ciudad. Casi al mismo tiempo son detenidos en Andalucía Alhama, Trigo y otros. Con ello llegamos al conocido proceso de Granada de 1867. Este fue largo. La acusación de Luteranismo significó nueve años de presidió para Matamoros, Carrasco, Marín y González, estos últimos detenidos en Granada. El proceso levanta un fuerte clamor tanto dentro como fuera de España. Los liberales de este país se pronuncian a una contra el anacronismo que significaba condenar, en el siglo XIX por motivos exclusivamente religiosos. Fuera de España, especialmente en Inglaterra, pero también en otros países europeos, las gestiones se multiplicaron a favor de aquellos condenados. Todo ello decidió finalmente a la Reina Isabel II, ya no muy segura sobre su trono, a conmutar la pena de presidio por la de destierro. Los condenados de Granada fueron llevados a Málaga y embarcados en un navío de la flota española, el “Alerta”, que los lleva a Gibraltar. Algunos de los desterrados se quedan en este lugar, otros se trasladan a Suiza u otros lugares. Matamoros muere en Lausanne sin haber regresado a España.

 

La caótica situación creada en los últimos años del nefasto reinado de Isabel II, llevaron a los generales Prim y Serrano, juntamente con otros generales y políticos, a organizar la revolución de septiembre de 1868, dando comienzo al Sexenio Revolucionario, que tanta importancia había de tener para los protestantes españoles. Con la proclamación de la Constitución de 1868 comienza un nuevo período. Pero es desde Andalucía y en especial desde Sevilla, donde el protestantismo español comienza su desarrollo.

 

El 25 de abril de 1868, Juan Bautista Cabrera convocaba en Gibraltar a los pastores o evangelistas refugiados para celebrar con ellos una Asamblea, con el único fin de redactar una Confesión de Fe Reformada.

 

Así se formó, al mismo tiempo, el primer Consistorio de la Iglesia Reformada Española, participando en él, además de Cabrera, Pablo Sánchez, Antonio Soler, José Alhama, Manuel Hernández y Robert Clough. Este Consistorio tenía carácter provisional, y la presidencia recayó en Juan Bautista Cabrera.

 

El propósito que movía a estos hombres era organizar y dirigir los trabajos que clandestinamente ya se estaban realizando en diversos lugares de España. Todos los reunidos se pusieron inmediatamente de acuerdo y comenzaron el trabajo confiando en que en España vendría un día la libertad religiosa y tenían que estar preparados para dar testimonio fiel del Evangelio, al mismo tiempo que preparaban un trabajo serio y meditado para presentar, si llegaba el día anhelado de la libertad, ante una Asamblea o Sínodo, convocado dentro del territorio español.

 

La libertad llegó antes de lo esperado, pero no por ello menos anhelada. Como hemos visto anteriormente, en el mes de septiembre de 1868, los liberales, los progresistas y los republicanos se sublevaron contra los partidarios de Isabel II, poniendo fin a un período de gobiernos despóticos. El Comité vencedor lanzó inmediatamente un Decreto de "libertad de conciencia y de cultos”, al mismo tiempo que se decretaba la libertad absoluta para todos aquellos españoles presos por motivos políticos y religiosos. En el año 1869, se promulgó una nueva Constitución, en la que se consignaba definitivamente la “libertad de conciencia y de cultos”. El texto del artículo 21 de la Constitución rezaba así: “La Nación española se obliga a mantener el culto y los ministros de la Religión Católica. El ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantizado a todos los extranjeros residentes en España, sin más limitaciones que las reglas universales de la moral y el derecho. Si algunos españoles profesaran otra religión que la católica, es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior”.

 

Los protestantes desterrados, sintiendo la oportunidad magnífica que se les ofrecía, se dispusieron a regresar a la patria. Cabrera, acompañado de varios creyentes, dejó la plaza de Gibraltar y se dirigió a Algeciras, donde se encontraba el general Prim, cabecilla y alma de la revolución. Este recibió con alegría a los creyentes desterrados y les saludó con estas palabras: “Ya pueden ustedes recorrer España con la Biblia bajo el brazo”.

 

El primero de los exiliados protestantes españoles en volver a España al estallar la revolución de 1868 fue Cabrera, quien se dirigió a Sevilla. Antonio Carrasco se dirigió a Madrid, como capital de España, para hacerse cargo de la obra evangélica, así como el ex fraile capuchino Felipe Orejón. Poco después llegó también a la capital, desde Argelia, Francisco de Paula Ruet. Antonio Vallespinosa se dirigió a Barcelona para emprender allí el trabajo evangelístico, llegando a esa ciudad el 14 de noviembre de 1868. Por esas mismas fechas, José Alhama, se dirigió a Granada y comenzó a reunir a los antiguos creyentes.

 

Establecida la libertad religiosa en España e iniciado el trabajo evangélico, el Consistorio de Gibraltar convocó una Asamblea General, a celebrar en Sevilla, la primera de la Iglesia Reformada, mediante una convocatoria fechada el 29 de junio de 1869. En dicha Asamblea se publicó la primera Confesión de Fe de nuestra iglesia. Se envió un ejemplar a las Cortes Españolas juntamente con todas las conclusiones obtenidas de la Asamblea. Las Cortes respondieron reconociendo a la Iglesia  Reformada como legalmente constituida y autorizada en España. Importantísimo fue para el protestantismo español esta “carta de naturaleza” otorgada por las Cortes, ya que con ella la Iglesia Reformada salía de la clandestinidad a la que había estado abocada desde sus orígenes. Ahora podía ya anunciar el Evangelio libremente entre el pueblo español.

 

En 1880 se produce una escisión dentro de la iglesia promovida por Juan Bautista Cabrera, quien constituye la Iglesia Española Reformada Episcopal con algunas comunidades de Sevilla, Málaga y Madrid, atendiéndose en lo sucesivo al rito anglicano. Así se forma una nueva iglesia, todavía existente, con la cual la Iglesia Evangélica Española ha mantenido, a través de los años, magníficas relaciones y estrechos lazos de cooperación.

 

La primera iglesia que comenzó en Gibraltar y que tenía el nombre de Iglesia Española Reformada pasará a ser, al entrar en la península, la Iglesia Cristiana Española. Esta continuó en una labor de agrupar a las diferentes iglesias protestantes de España. De esta manera, en el año 1890 integrándose en ella las comunidades que componían la Unión Ibérica Española, situadas en todo el Norte de España, cambia de nuevo su nombre, adoptando el de Iglesia Evangélica Española (I.E.E.) La Confesión de Fe de 1872 se mantiene vigente hasta 1955, en que, al incorporarse las comunidades de la Iglesia Metodista de Cataluña y Baleares, se procede a una actualización de su contenido.

 

Los protestantes españoles han tenido que sufrir persecuciones desde el comienzo de su desarrollo, salvo las raras excepciones del Sexenio revolucionario (1868-1874) y la II República (1931-1936), períodos en los que gozan de cierta libertad. Durante la guerra civil española y el inmediato período posterior, principios del franquismo, la iglesia Evangélica Española vuelve a la clandestinidad que había caracterizado sus primeros tiempos. A pesar de todo, sigue desarrollando su compromiso cristiano, y las comunidades, aunque con importantes dificultades, pueden mantenerse. La guerra civil supuso un duro golpe para la joven Iglesia protestante, la I.E.E. Se cercenó su lento progreso expansivo, y lo que quedó al finalizar la guerra, era una auténtica desolación. Sin embargo, aunque las llamas se apagaron, quedaron los rescoldos y sobre ellos comenzaría de nuevo el trabajo, y con continuaría durante todo el franquismo el sufrimiento de una Iglesia mártir para dar testimonio del Señor resucitado que, de unos “huesos secos”, se levantaría un ejército fiel a su vocación cristiana, para servir al pueblo español con su presencia y testimonio.

 

 


Tags: Protestates, historia, evangélicos

Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 27 de febrero de 2008 | 9:46
No sab?a, que el protestantismo era tan antiguo en Espa?a
Publicado por luis muller
S?bado, 17 de octubre de 2009 | 22:54
me a gustado mucho este articulo que refleja la historia de estos valientes del evangelio, un ejemplo para hoy,las armas de nuestra milicia no son carnales sino poderozas enDIOS. Zaragoza 17