Jueves, 28 de febrero de 2008

Por Julio Lois Fernández 

       En el siglo XXI, que acabamos de estrenar está siendo ya considerado por no pocos como un momento propicio para situarse lúcidamente ante los más decisivos desafíos que se le plantean a la humanidad en el momento presente. Es preciso recordarlos y renovar los compromisos que nos permitan responder a ellos con mayor honradez y fidelidad, al tomar conciencia renovada de su gravedad.

       Parece innegable que uno de los más graves e inquietantes desafíos que tiene hoy la humanidad es el que plantea la "cuestión ecológica". No estimo exagerado afirmar que el deterioro ecológico que estamos causando puede poner seriamente en peligro la supervivencia de la humanidad en el siglo XXI, a no ser que se quiebre la lógica propia del "desarrollo" actual, informada obsesivamente por seguir creciendo de forma poco controlada.

       Ya en el año 1972 sonó con fuerza la voz de alarma. Un grupo de investigadores de prestigio, por encargo del Club de Roma, llegaba a estas conclusiones:

- "Si las actuales tendencias de crecimiento en la población mundial, industrialización, contaminación, producción de alimentos y explotación de recursos continúa sin modificaciones, los límites del crecimiento en nuestro planeta se alcanzarán en algún momento dentro de los próximos cien años. El resultado más probable será una declinación súbita e incontrolable tanto de la población como de la capacidad industrial".

- "Es posible alterar estas tendencias de crecimiento y establecer unas condiciones de estabilidad económica y ecológica capaces de ser sostenidas en el futuro. El estado del equilibrio global puede ser diseñado de tal forma que las necesidades materiales básicas de cada persona sobre la tierra sean satisfechas y que cada persona, mujer u hombre, tenga igualdad de oportunidades para realizar su potencial humano individual".

- "Si la población del mundo decidiera encaminarse en este segundo sentido y no en el primero, cuanto antes inicie esfuerzos para lograrlo, mayores serán sus posibilidades de éxito"(1)

       El estudio originó una fuerte polémica. Se alzaron no pocas voces tachando a los autores de alarmistas infundados y hasta de catastofristas. Pero es significativo saber que los mismos autores, al volver veinte años después a analizar la situación de nuestro mundo, llegaron a estas otras conclusiones, no menos inquietantes:

- "La utilización humana de muchos recursos esenciales y la generación de muchos tipos de contaminantes han sobrepasado ya las tasas que son físicamente sostenibles. Sin reducciones significativas en los flujos de materiales y energía, habrá en las décadas venideras una incontrolada disminución per cápita de la producción de alimentos, el uso energético y la producción industrial".

- "Esta disminución no es inevitable. Para evitarla son necesarios dos cambios. El primero es una revisión global de las políticas y prácticas que perpetúan el crecimiento del consumo material y de la población. El segundo es un incremento rápido y drástico de la eficiencia con la cual se utulizan los materiales y las energías".

- "Una sociedad sostenible es aún técnica y económicamente posible. Podría ser mucho más deseable que una sociedad que intenta resolver sus problemas por la constante expansión. La transición hacia una sociedad sostenible requiere un cuidadoso equilibrio entre objetivos a largo y corto plazo, y un énfasis mayor en la suficiencia, equidad y calidad de vida, que en la cantidad de la producción. Exige más que la productividad y más que la tecnología; requiere también madurez, compasión y sabiduría".(2)

He querido reproducir las conclusiones de los dos estudios mencionados, a pesar de su extensión, porque nos sitúan con claridad inequívoca ante la gravedad de la "crisis ecológica mundial" que padecemos. A pesar de las críticas recibidas los autores no incurren en catastrofismo alguno. Ni siquiera pueden ser considerados pesimistas que carecen de esperanza. Como ellos mismos indican "estas conclusiones (se refieren a las de su último estudio) constituyen una advertencia condicional, no una mera predicción. Ofrecen una elección de vida, no una sentencia de muerte. La elección no es necesariamente tenebrosa".(3)

 

              El mundo y la historia hacen frente a un futuro que no está fatalmente predeterminado a terminar en la catástrofe. Está, por el contrario, abierto a nuestra libre elección. Cabe, ciertamente, continuar despeñándose hacia el abismo, manifestando así una profunda insolidaridad hacia nuestros nietos, como diría W. Benjamin. Pero cabe, igualmente, reaccionar modificando, con la profundidad requerida, nuestras lógicas económicas y políticas, informándolas con otros valores más solidarios y caminar así hacia un mundo más justo y más habitable para todos.

       Uno recuerda aquí la famosa disyuntiva del Deuteronomio: "Mira: hoy te pongo delante de la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios...vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar...Pero si tu corazón se aparta y no obedeces...yo te anuncio hoy que morirás sin remedio...Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia..." (cf. 30, 15-20).

 

En nuestro caso se trata de elegir el camino que conduce a la vida, es decir, el que puede evitar la catástrofe ecológica. Parece posible confiar, sin incurrir por ello en falsos optimismos, en que finalmente optaremos por el camino que conduce a la superación de la crisis ecológica en que estamos sumidos. Posible y hasta más fecundo. Y tal vez por eso mismo más razonable. Para ello será necesario realizar, por parte de todos, un ingente esfuerzo capaz de quebrar las tendencias viciadas que pueden conducirnos al abismo y de ir dando forma a una nueva lógica económica y política, informada por una cultura verdaderamente solidaria.

       Mi convicción personal es que el cristianismo puede contribuir de forma significativa, aunque sea modesta, a quebrar esas tendencias negativas que conducen a "la muerte y el mal" y a mostrar un camino que lleve a "la vida y el bien", por utilizar el lenguaje propio del último de los libros del Pentateuco, antes citado.

1. Algunos datos significativos que muestran la gravedad del deterioro ecológico actual.

       No podemos pretender presentar aquí una información completa de los hechos que con razón se consideran síntomas inquietantes del deterioro ecológico de nuestro planeta(4). Nos limitamos a recordar algunos de los más significativos:

-Parece cierto que se está dando una destrucción progresiva de la capa de ozono. Algunos consideran incluso que la destrucción alcanzada es ya, al menos en alguna medida, irreversible.(5)

-Se observa un aumento en la atmósfera de la concentración de gases, especialmente del dióxido de carbono, que producen un inquietante recalentamiento del planeta (el llamado "efecto invernadero" o "efecto estufa").

- Se puede hablar de una contaminación ambiental global progresiva, que alcanza a los mares y a las aguas dulces.

-Se observa igualmente una reducción progresiva de la superficie terrestre cubierta por bosques, por efecto de las llamadas "lluvias ácidas". Se habla de que el ritmo de deforestación llega a superar el 3 % en algunos países y de que el 50 % de la superficie de los bosques tropicales ha desaparecido en los últimos cincuenta años. Al desaparecer los bosques se produce una creciente desertización del planeta y también modificaciones climáticas preocupantes.

-La contaminación sonora es también creciente.

-Se está produciendo una pérdida sistemática y considerable de la biodiversidad (6).

-Estamos abocados, de mantener el actual ritmo de producción y consumo, al agotamiento de ciertos recursos naturales. Las actuales reservas de gas natural podrían desaparecer en sólo 35 años, las de petróleo en 70 y las de carbón en 500 (7).

       Si a los datos referidos añadimos el elevado índice de crecimiento demográfico que se ha producido en el último siglo o el intenso grado de concentración de población que se sigue dando en las grandes ciudades, con las repercusiones que esto tiene para el deterioro ecológico, fácilmente comprendemos que hay serios motivos para sentirse preocupados. Estamos asistiendo, seguro que con mucha más pasividad que la debida, al uso destructivo, verdaderamente suicida, de nuestro sistema ecológico.

 

2.- El análisis causal de los datos pone de manifiesto la dimensión estructural del problema y su complejidad.

       La explicación de cualquier hecho exige remontarse a múltiples causas. Todo intento de explicación monocausal cae inevitablemente en la superficialidad y fácilmente induce al engaño. Esta afirmación, que es una obviedad en el estado actual de las ciencias sociales de análisis, es indispensable tenerla en cuenta si se quiere explicar adecuadamente el deterioro ecológico, dada su envergadura y complejidad. Pero así como hemos renunciado a presentar una información detallada de los síntomas también hemos de renunciar a ofrecer una explicación causal completa, dada la brevedad obligada de este trabajo. Nos contentamos con hacer referencia a algunas de las causas que nos parecen más decisivas.

       Conviene tener en cuenta que no hay intento alguno de explicación causal puramente neutral. Tiene una influencia decisiva, por ejemplo, el "lugar" desde dónde se analizan los hechos. No se llegará a la misma explicación si se analizan desde la horizonte de comprensión que proporciona la solidaridad con los intereses de los países del Primer Mundo o si el análisis se hace desde la solidaridad con los del Tercer Mundo. Nos interesa advertir aquí que queremos situarnos de forma clara en la perspectiva propia de los países del Tercer Mundo o, más concretamente, en la perspectiva que otorga la solidaridad con los intereses de las mayorías empobrecidas de esos países que son, a la postre, las principales víctimas del deterioro ecológico, sin ser, desde luego, sus principales causantes.

       Cuando los datos del deterioro ecológico son causalmente analizados desde el "lugar" indicado, surge la convicción de que en tal deterioro están implicadas la lógica económica y política que orientan el "desarrollo" actual y, en último término, la ideología que informa lo que solemos llamar civilización occidental, con todos sus supuestos valores culturales, incluidos los éticos e incluso los religiosos.

       Tal vez la explicación última de la crisis ecológica en que estamos inmersos se encuentra "en la inadecuada relación establecida históricamente entre el binomio ‘economía-política', por una parte, y los ‘recuros naturales', por otra. Así, los sectores sociales minoritarios y privilegiados, bajo el pretexto ideológico de lograr el ‘bienestar social para la población mundial', mediante este eje de relaciones terminó por sacralizar la ciencia y la tecnología. Idolatró además las teorías desarrollistas, en detrimento de la naturaleza".(8)

       La ecología ha estado en realidad prácticamente ausente de la economía y de la política. Puede decirse que la acción política más influyente en la actualidad es, en buena medida, rehén de la lógica económica propia del sistema capitalista neoliberal. Ésta, orientada por la mentalidad cientítico-técnica dominada por la "razón instrumental", con su lógica de desarrollo o progreso vinculada al crecimiento incesante de la producción y el consumo, no toma suficientemente en serio las limitaciones que exige el desafío ecológico, favorece los intereses de los países "más desarrollados" y conduce al progresivo empobrecimiento de las mayorías de los países del Tercer Mundo.

       ¿Será exagerado afirmar que la crisis ecológica es, en buena medida, el resultado de esa especie de encantamiento que ha producido en la llamada civilización moderna occidental el "mito del progreso"? Esta civilización técnico-científica, informada por la llamada "razón instrumental", postula el paso del poder al hacer -lo que puede ser hecho debe hacerse-, sin tener demasiado en cuenta los efectos perversos que pueda producir en cualquier campo, incluido el ecológico.

       Parece, pues, que la causa profunda del callejón sin salida en el que estamos desde el punto de vista ecológico es ese modelo de desarrollo imperante que deriva de una racionalidad económica de corte neoliberal que apenas permite la utilización racional de los recursos naturales. Es necesario entonces lograr que la economía se subordine a las urgencias ecológicas desde el ámbito de una acción política informada por valores muy distintos a los que postula esa mentalidad científico-técnica regida por una razón meramente instrumental.

       Con sólo lo hasta aquí apuntado se percibe con claridad la complejidad de la "cuestión ecológica". "Lo que está en juego -como bien señala A. García Rubio- no es éste o aquel punto concreto de la relación hombre-naturaleza, sino todo el conjunto de relaciones desarrolladas por el mundo moderno occidental. Es la visión fundamental que orienta tales relaciones la que está puesta en cuestión. Elementos culturales, filosóficos, cientíticos y religiosos están implicados aquí"(9). Esta visión tan global y totalizante, holística e integral, que abarca no sólo los aspectos relacionados con el medio ambiente y la biología, sino también los cosmológicos, económicos, políticos, filosóficos, éticos y hasta teológicos y espirituales, es la sostenida hoy por muchos. L. Boff, por ejemplo, insiste en que "la ecología implica una actitud básica: pensar siempre holísticamente, ver continuamente la totalidad...La ecología o es holística o no es ecología"(10). Y G. Bateson no duda en abogar por una "ecología del espíritu", capaz de denunciar y corregir los falsos valores y las falsas ideas desarrolladas por la civilización industrial, ya que el deterioro ecológico actual apunta hacia un mal radicado en lo más profundo del ser humano(11).

       Se trata, en suma, como indican los autores de "Más allá de los límites del crecimiento"(12) de propugnar una nueva "revolución" -tras la agraria y la industrial-, la "revolución de la sostenibilidad"(13) que, si quiere ser equitativa, ha de realizarse asumiendo prioritariamente los legítimos intereses de las víctimas de la injusticia, que son las que padecen con mayor intensidad las consecuencias del deterioro ecológico.

3. Aportación de la visión cristiana a una respuesta positiva al desafío ecológico actual.

       El desafío ecológico que tenemos que afrontar es, pues, sumamente complejo. Será preciso, para darle una respuesta responsable, que converjan numerosos esfuerzos procedentes de los distintos campos del saber y del actuar.

       La tarea de precisar cuál puede ser la aportación propia de la teología cristiana es de especial interés si tenemos en cuenta que dicha teología ha sido acusada de haber contribuido de forma importante al deterioro ecológico que hoy padecemos.

       El centro de la acusación radica en la visión tan fuertemente antropocéntrica que se vincula esencialmente a la visión bíblica y cristiana del ser humano como "imagen de Dios", llamado a someter y dominar el mundo. L. White considera que de tal visión se deriva de forma inevitable la "arrogancia cristiana" que ha desencadenado la crisis ecológica. De tal arrogancia botan además, como vástagos consecuentes, la concepción lineal de la historia, la confianza ilimitada en el progreso creciente y, en su momento, la mentalidad científico-técnica, responsable del uso y abuso del mundo al servicio del ser humano.

       Por su parte, el gran teólogo cristiano alemán J. Moltmann, vincula la crisis ecológica más que a la religión judeo-cristiana, en sí misma considerada, a "la imagen que el hombre moderno tiene de Dios". Para él "desde el renacimiento, en Europa Occidental Dios se entendía de manera cada vez más dogmática como el Todopoderoso. La omnipotencia se consideraba el atributo de su divinidad por antonomasia. Dios es el Señor, el mundo es su propiedad, y Dios puede hacer con él lo que quiera. Es el sujeto absoluto y el mundo, el objeto pasivo de su dominio. En la tradición occidental, Dios se fue acercando cada vez más a la esfera de lo trascendente y el mundo se entendía como algo meramente inmanente y terrenal. Dios se concebía sin mundo y por tanto el mundo se podía imaginar sin Dios. El mundo fue despojado de su misterio de creación divina y pudo ‘desencantarse' de manera científica, como describió tan acertadamente este proceso Max Weber...Como imagen y semejanza de Dios en la Tierra, el hombre debía entenderse, de manera correspondiente, como soberano, a saber, como sujeto de conocimiento y voluntad, contraponiéndose y sometiendo al mundo como su objeto pasivo. Porque sólo a través de su dominio sobre esta tierra puede corresponder a Dios, el Señor del mundo...No por bondad y la verdad, no por la paciencia y el amor, sino por el poder y dominio se asemeja el hombre a su Dios".(14)

       Se podrían resumir, siguiendo a Ruiz de la Peña (15), todas las críticas planteadas por la ecología a la teología cristiana en estas cuatro ideas:

-la idea de un Dios en el que se destaca de forma prominente el atributo de la omnipotencia, entendida como dominio sobre toda la creación;

-la idea del ser humano como "imagen de Dios" de la que deriva un fuerte antropocentrismo con el correspondiente dominio, delegado y apropiado, del hombre y la mujer sobre el resto de la creación;

-la idea de una naturaleza desacralizada, objeto pasivo de dominio, especialmente presente en la mentalidad científico-técnica;

-la idea de una historia entendida linealmente, vinculada a un progreso indefinidamente creciente.

La consecuencia de todo esto es clara: el cristianismo es acusado sin paliativos de haber alimentado las ideas que están en el origen causal de la crisis ecológica en que estamos sumidos.

       Sería una imprudencia arrogante no escuchar estas críticas u otras de contenido similar. En primer término, porque, al menos en parte, no están exentas de verdad. Y en segundo lugar, porque es al filo de ellas, respondiédolas convenientemente, como podemos precisar en qué puede consistir la aportación del cristianismo a la solución de la crisis ecológica.

       Mal haríamos con ignorar la parte de culpa que la teología cristiana, y los cristianos por ella informados, han podido tener en el deterioro ecológico hoy existente. Ruiz de la Peña habla al respecto de "elementos contaminantes de la teología cristiana"(16). Se refiere primeramente, coincidiendo con Moltmann, al cambio del pensamiento teológico sobre Dios, que se produjo a partir del renacimiento, que destacó de forma muy unilateral el atributo de la omnipotencia, entendida como poder ilimitado y discrecional. A partir de ahí se deforma la concepción del ser humano que, como "imagen de Dios", se concibe a sí mismo como dotado de una "omnipotencia vicaria" a la hora de relacionarse con el resto de la creación.

       De esta forma el Dios cristiano que se nos ha revelado en Jesús -Dios Padre-Madre, informado por el amor y la benevolencia en su relación con la creación- se convierte en el dios del deísmo filosófico. El mundo queda abandonado a su suerte y, desprotegido y desalmado, se convierte en puro objeto manipulable.

       Por otra parte, la teología cristiana, a partir sobre todo del siglo XVIII, acosada por la crítica de las ciencias, entregó a estas últimas la naturaleza y se quedó con el ser humano. Se justificó esta operación distributiva recalcando que el Dios bíblico y cristiano es el Dios presente en la historia, espacio en el que se realiza su proyecto de salvación, y sólo muy secundariamente el Dios de la naturaleza. La naturaleza, desacralizada y remitida a la consideración científico-técnica, quedaba convertida en objeto a dominar.

       No parece exagerado afirmar que ha sido precisamente el deterioro ecológico el que ha obligado al pensamiento teológico cristiano a reconsiderar todas esas posiciones. Lo cierto es que hoy estamos asistiendo a tal reinterpretación, realizada con la preocupación de encontrar, al corregir los "elementos contaminantes" mencionados, otros "elementos" capaces de contribuir a la superación de dicho deterioro.

       La exégesis bíblica y la teología cristana han desplegado un gran esfuerzo que no podemos aquí más que intentar resumir de forma casi telegráfica.

Desde el punto de vista bíblico se va llegando a estas conclusiones fundamentales:

-la visión bíblica no parece conducir a un antropocentrismo de corte prometeico, como tampoco a un cosmocentrismo panvitalista, sino más bien a un teocentrismo, capaz de fundamentar un verdadero humanismo respetuoso de toda la creación;

-el Dios bíblico no es el dios del deísmo: Dios está presente en el mundo, aunque no se reduce a él;

-la visión dualista que representa la oposición materia-espíritu procede más bien del pensamiento helénico; la Biblia ofrece una visión más unitaria;

-el ser humano no recibió del Dios bíblico la misión de dominar y expoliar la tierra, sino de cuidarla y de transformarla para mejorarla y nunca deteriorarla;

-la creación entera es un reflejo de la bondad y de la belleza de Dios; la Biblia entera es una invitación apremiante a contemplarla de forma agradecida;

-la obra salvífica de Cristo incluye la reacreción consumativa de toda creatura; la salvación tiene, pues, una dimensión cósmica y obtendrá su culminación cuando Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Cor 15, 28).(17)

       Desde el punto de vista de la reflexión teológica, podríamos resumir con parecida brevedad sus aportaciones fundamentales, que giran en torno a la concepción de Dios, del ser humano y de la naturaleza.

       J. Moltmann, entre tantos otros, ha puesto bien de manifiesto como la noción trinitaria de Dios está dotada de fecundidad ecológica. "Lo que necesitamos -afirma- es el redescubrimiento del Dios uno y trino. Sé que eso suena dogmático, ortodoxo y arcaico, pero no por eso deja de ser cierto...El Dios trino y uno no es un soberano del cielo, solitario y no amado, que somete todo como los déspotas terrenales, sino un Dios comunitario, rico en relaciones: ‘Dios es amor'. Padre, Hijo y Espíritu Santo viven juntos para sí y en sí en la suprema y más perfecta comunión del amor que podamos imaginar...Si eso es verdad, entonces no correspondemos a Dios mediante el dominio y el sometimiento, sino a través de la comunión y la reciprocidad que fomenta la vida. No el sujeto humano solitario, sino la verdadera comunidad humana es la imagen de Dios en la tierra. No partes aisladas, sino la comunidad de la creación en su totalidad refleja la sabiduría y la vitalidad de Dios".(18)

       Para la teología cristiana el ser humano, en cuanto imagen de Dios, no es en forma alguna el dominador autócrata que dispone del mundo a su antojo, sino más bien el cuidador de la creación para bien de todos. Una cosa es clara: Jesús con su palabra y su vida nos mostró que la única forma legítima de ejercer cualquier grado de autoridad es servir. Desde la perspectiva cristiana el hombre no está urgido a apropiarse de la naturaleza creada, sino más bien a participar comunicativamente de ella y a esforzarse por conducirla a su destino salvífico final.

       En cuanto a la naturaleza, la reflexión teológica cristiana tiene que insistir en la lectura de la misma como creación de Dios. Como bien dice Ruiz de la Peña "las ciencias han destilado un saber analítico y parcelador acerca de la naturaleza, ordenado al poder sobre ella. La fe debería promover un saber sintético e integrador acerca de la creación, ordenado a su comprensión, su custodia y su consumación".(19). En realidad hablar de la naturaleza como creación es hablar de su dimensión sacramental, en tanto que habitada por la presencia amorosa de Dios que se ejerce a través de la mediación de los seres humanos, imágenes creadas por Él mismo.

       Tal vez con estas consideraciones, tan apretadamente expuestas, hemos resumido las que pueden considerarse aportaciones más específicas y fundamentales de la fe cristiana a la superación de la crisis ecológica.

       Personalmente, y para terminar, añadiría algo que me parece también aportación fundamental de la misma fe en orden a la realización de la justicia y, por lo mismo, significativa para la superación de la crisis ecológica, que sin duda encierra una profunda injusticia, como ya hemos indicado. Me refiero a la aportación que consiste en ofrecer "memoria" y "esperanza".

       Fiel al recuerdo del crucificado la fe tiene que aportar a este mundo de forma incansable la memoria de la vertiente oscura de la realidad, es decir lo que en nuestro mundo hay de sufrimiento y desigualdad injusta, de crucifixión, en suma. Es la memoria de esa realidad que la lógica de nuestro sistema quiere ignorar y olvidar. En nuestro caso, el cristianismo tiene que recordar a esta humanidad, que parece deslumbrada por un crecimiento cuantitativo indefinido, el deterioro o expolio ecológico que se está produciendo. La fe tiene que ejercer el oficio de un despertador incómodo que advierte del riesgo de precipitarnos al abismo si seguimos siendo insolidarios.

       Y esperanza siempre. Esperanza, en nuestro caso, para no caer en resignaciones cargadas de fatalismo y, positivamente, para mantener tenso nuestro compromiso para hacer real lo que es posible y necesario: frenar la depredación ecológica.

       Si los cristianos somos capaces de aportar todo lo indicado seguro que prestaremos una contribución significativa a la superación de la crisis ecológica. Modesta, desde luego, que tendrá que converger con muchas otras para ser eficaz. Pero significativa, al fin.

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  1. El estudio -dirigido por Donella H. Meadows. Dennis L. Meadows y Jörgen Randers- fue publicado con el título "Los límites del crecimiento" por el "Fondo de Cultura Económica", México, 1.972. (VOLVER)
  2. Cf. D. H. Meadows, D. L. Meadows y J. Randers, Más allá de los límites del crecimiento, Ed. El País-Aguilar, Madrid, 1.992, p. 23. (VOLVER)
  3. Cf. Ibid.,op. cit., p. 23. (VOLVER)
  4. Puede encontrarse una información completa y actualizada de esos hechos en J. Menacho, El reto de la tierra..Ecología y justicia en el siglo XXI, Ed. Cristianisme i Justícia, Barcelona, 1.999, pp. 4-21. Seguiremos muy de cerca este estudio en la presentación de datos que hacemos seguidamente. (VOLVER)
  5. Como se sabe la desaparición del ozono de las altas capas de la atmósfera nos hace perder la protección contra los rayos ultravioleta y esto puede traducirse, por ejemplo, en aumento de los cánceres de piel y de cataratas o en disfunciones del sistema inmunológico del organismo humano. (VOLVER)
  6. "En toda la tierra desaparecerán irrevocablemente, en las dos próximas décadas, del 15 al 20 % de todas las especies animales y vegetales; una pérdida de por lo menos 500.000 especies. La humanidad las tiene sobre su conciencia" (afirmación contenida en el "Manifiesto para la reconciliación con la naturaleza" elaborado por un colectivo de científicos y teólogos europeos y citada por J. L. Ruiz de la Peña en Crisis y apología de la fe. Evangelio y nuevo milenio, Ed. Sal Terrae, Santander, 1.995, p. 239). (VOLVER)
  7. Cf. AAVV, Manifiesto para la supervivencia, Ed. Alianza, Madrid, 1.972, pp. 166-167. (VOLVER)
  8. Cf. S. Bran Molina y R. M. Gracio Das Neves, Retos eco-teológicos, en AAVV, Ecología: una respuesta.alternativa, Ed. Lascasiana, Guatemala, 1.995, p. 146. (VOLVER)
  9. Cf. ¿Dominad la tierra? Aportaciones teológicas al problema ecológico, Ed. Cristianisme i Justícia, nº 54 (septiembre 1993), p. 3. (VOLVER)
  10. Cf. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, Ed. Trotta, Madrid, 1.996, p. 60. (VOLVER)
  11. Cf. Espíritu y naturaleza, Buenos Aires, 1.981. En reciente artículo poeriodístico, J. Mª Mendiluce, actual presidente de "Greenpeace", afirma en la misma dirección: "Pensar globalmente y actuar localmente ya no es suficiente. Un nuevo internacionalismo se abre paso en tre las nieblas. Pensaremos y actuaremos localmente. Pero también pensaremos y actuaremos globalmente" (cf. "El País", viernes, 17 de diciembre de 1999). (VOLVER)
  12. Esta visión holística o integral vincula la "cuestión ecológica" con la "cuestión de la pobreza y la exclusión injusta". "Defender la naturaleza, luchar por la explotación racional de los recursos, atacar las causas que degradan y contaminan por el espíritu depredador de unos pocos, tiene que estar indefectiblemente unido a la causa de los pobres, que son los que más sufren la degradación ecológica" (cf. V. Pérez Prieto, Do teu verdor cinguido. Ecoloxismo e cristianismo, Ed. Espiral Maior, A Coruña,, p. 76; cf. también el nº 261 (octubre 1995) de la revista "Concilium" , dedicado monográficamente a la relación entre ecología y pobreza). (VOLVER)
  13. Cf. Más allá..op. cit., pp. 260-265. (VOLVER)
  14. Cf. Sobre la teología ecológica, en AAVV, Ecología:una respuesta...op. cit., pp. 102-103. (VOLVER)
  15. Cf. Crisis y apología...op. cit., p. 249. (VOLVER)
  16. Cf. Crisis y apología ...op. cit., pp. 252-256. (VOLVER)
  17. Para un desarrollo de estas afirmaciones tan brevemente expuestas, cf., por ejemplo, V. Pérez Prieto, Do teu verdor...op. cit., pp. 111-148. (VOLVER)
  18. Cf. Sobre la teología...artº. cit., pp. 104-105. (VOLVER)
  19. Cf. Crisis y apología...op. cit., p.266. (VOLVER)

Tags: ecología, cristianismo, bioética

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