Martes, 27 de mayo de 2008

 

José Mª Baena,  Pastor y Presidente de la FEREDE

 

            Con la declaración pública del noviazgo del Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, con la periodista Letizia Ortíz, todos los monarcólogos de este país se han puesto a funcionar con febril actividad. Antes de entrar en materia, declaro que el asunto de este artículo no pretende ni por asomo entrar en la cuestión ni tampoco atacar o poner en entredicho la institución monárquica ni a sus representantes. Vayan por delante mis parabienes a la futura pareja reinante, si así Dios lo dispone.

 

            La cuestión que suscito aquí no afecta tanto a nuestros monarcas, hasta donde yo sé; pues, en general, al día de hoy todo indica que han sabido estar a la altura de las circunstancias en el papel que la soberanía popular les ha otorgado, como Jefes del estado Español. Pero con todo el maremoto mediático que la noticia ha suscitado han vuelto a quedar en evidencia algunos de los cansinos tics propios de nuestra identidad nacional y que nos afectan directamente a esos “otros” españoles que no sé en qué categoría colocar, porque parece que debemos permanecer excluidos de la normalización social todavía en los tiempos que vivimos. Esos “otros” somos los que, según parece, tenemos la osadía, la extravagancia, o simplemente la desgracia de estar en el saco de los “no católicos”. Me explico, y lo hago con ejemplos de la realidad cotidiana:

 

            Hace pocos días, el señor Ansón, director del periódico La Razón, en entrevista matutina de TVE le recordaba enfáticamente al señor Mariñas en sus “Desayunos”,  que no debíamos en ninguna manera olvidar que el Rey de España es “Su Majestad Católica”. Lo hacía tras una brillantísima lección magistral de democratismo político en la que sugería la necesidad de adaptar la Constitución para igualar los sexos en la cadena de sucesión al trono. También justificaba el matrimonio canónico del futuro Rey con una divorciada a pesar de que la Iglesia Católica Romana no acepta el divorcio, basándose en argumentos jurídicos bastante alambicados[1] pero que salvan la cara de quien corresponde; aunque si no fuera así no importa, porque como ya han adelantado otros bastante bien informados, dado el caso, la Rota habría dispensado a los contrayentes declarando sencillamente la nulidad del anterior matrimonio, con lo cual, todo arreglado y adelante. Nadie se rasga las vestiduras.

 

            En una breve entrevista, Pilar Urbano, resaltaba en El Mundo del día 5 de noviembre, las virtudes de Letizia. A la pregunta de la periodista Olga R. Sanmartín “¿Será la Reina perfecta?” ella contestaba sin rubor: “Es católica, española, sabe idiomas…”. Desde luego que ambas expresiones, viniendo de quienes vienen no nos sorprenden en absoluto. Pero ¿qué quiere decir doña Pilar Urbano con lo de “es católica”? Es evidente que hablar idiomas es un valor en el mundo global en el que nos movemos; que ser española facilita las cosas porque la hace plenamente conocedora de nuestra sociedad y de nuestros problemas reales, sobre todo como periodista metida hasta el cuello en todo cuanto ha ocurrido en nuestro país en los últimos tiempos. Pero lo de resaltar su catolicismo —dudoso por cierto, con todos los respetos para la señorita Letizia. No olvidemos que rehusó el matrimonio eclesiástico y además se divorció, dos actos contrarios a las prácticas católicas, además de haberse confesado agnóstica según las malas lenguas— es una bofetada sin mano para todos los que entramos en ese saco de sastre de los “no católicos”. Uno de los problemas más serios de Eva Sannum, resaltado en su día por la prensa, era su luteranismo, además de su profesión de modelo. Muchos parecen olvidar que don Juan Carlos se casó con una princesa de religión ortodoxa, doña Sofía de Grecia, la persona sin duda más abierta y sensible a estos temas de toda la Casa Real Española. No sabemos si aún hoy es ortodoxa, o criptoortodoxa; ni tampoco nos preocupa, siendo asunto privativo de S.M. En la España de hoy, donde más de un 25% de la población declara no creer en nada o ser de otra religión; donde tan sólo uno de cada cuatro españoles dice acudir de vez en cuando a la misa y el resto es indiferente aunque sea cultural y sociológicamente católico, es como mínimo chocante, si no muestra de un absoluto desprecio a la población, resaltar el supuesto catolicismo de la candidata a reina como virtud al lado de las otras.

 

            Hace no mucho tiempo escribía alguien, “el  cardenal de Madrid, recuerda al Rey que es su Majestad Católica, en la tradición cristiana de la Monarquía española, y todo esto en presencia del propio monarca. Para el cardenal, ni el carácter aconfesional del Estado ni la neutralidad religiosa de quien es el órgano que representa la unidad y la permanencia del Estado, ni la propia libertad religiosa, ni el respeto a la propia conciencia del Rey, ni a los valores constitucionales, son límite digno de ser considerado. Habla como si estuviera por encima de la Constitución y como si nuestro ordenamiento no fuera digno de respeto”. Quien subscribía esas palabras no era otro que el mismísimo don Gregorio Peces-Barba Martínez, uno de los padres de la Constitución Española, que fuera Presidente de las Cortes durante el gobierno socialista, y rector de la Universidad Carlos III de Madrid, hoy.

 

            ¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué este bombardeo? El Rey de España será católico a título personal y su familia será también lo que quiera ser, como cualquier otro hijo de vecino, porque afortunadamente el ordenamiento jurídico español es aconfesional y reconoce a todo ciudadano —incluido el Rey— el derecho a la libertad religiosa. Es cierto que el Rey don Juan Carlos I obstenta como heredero de la corona más de veinticinco títulos reales y que, según el artículo 26 de la Constitución, puede utilizarlos porque pertenecen a la Corona; de modo que puede ser “Su Majestad Catolica” para honra propia y de muchos otros si así lo creen, como ser Rey de Jerusalén, por ejemplo, pero sin que tal título confiera ningún carácter a su posición como Jefe del estado Español, que es aconfesional por definición. Sin duda todo ello contribuye a su propio brillo y lucimiento, y el de sus sucesores, si así lo consideran. No soy jurista, y en materia de Derecho Constitucional soy un lego, pero una exégesis sencilla de ciudadano que se interesa por su país y que ha leído su Carta Magna para conocer cuáles son sus derechos y sus obligaciones me dice, basada en el sentido común, que para España y los españoles que vivimos bajo el amparo de la Constitución de 1978, el Rey es sólo Rey constitucional: según la Ley de Leyes “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes[2]. Todo lo demás tiene tintes de intento de manipulación de tan alta institución por parte de quienes desean seguir manteniendo el control de los recursos del Estado con estos mecanismos hoy periclitados. El artículo del señor Peces-Barba, titulado “Por encima de la leyes” es altamente clarificador.

 

            Las minorías religiosas en España —nosotros evangélicos o protestantes, entre otros— estamos cansados hasta el hartazgo de este tipo de presiones y chantajes ejercidos sobre nuestros gobernantes, especialmente sobre aquellos que por su personal fe católica son más sensibles a ellas. No podemos seguir siendo los ciudadanos de segunda clase. Ser protestante,  judío o musulmán no puede seguir siendo un baldón que hay que ocultar o evitar. De haber sido la señorita Letizia Ortiz, evangélica —evangelista, habrían dicho— no me imagino a la prensa, o mejor dicho, los de la prensa, alabándola por esa virtud; más bien la habrían triturado desde la impunidad de sus columnas por el hecho de no ser una española modélica, porque para serlo en España, como todo el mundo sabe, hay que ser católico. Lo demás, al parecer, son errores de la historia o de la sociología. Ya sabemos que ni el divorcio, ni “lo vivido” por ella según expresión de algunos, son un obstáculo en la España moderna y libre en la que vivimos. Pero ser evangélica o protestante habría sido un motivo insalvable para muchos. (Para muestra, un botón: revisen la prensa en la época del idilio con la señorita Sannum y todo lo debatido en torno a su luteranismo y su supuesto compromiso de “conversión” a la fe romanista, (calificativo equivalente a evangelista, siempre usado por quienes se niegan a usar el término “evangélico” o “evangélica”. ¿A que suena mal?).

 

            Cuando se suscitan estas cuestiones los funcionarios del Estado que tratan con nosotros nos dicen que somos “muy sensibles” y que le sacamos punta a todo.  Es normal, no son ellos los discriminados. Sencillamente esperamos el día en que la normalización religiosa sea una realidad, con todo y lo mucho —o lo poco— ya avanzado; cuando además de por los idiomas que uno habla se le pueda alabar y reconocer por su humanidad y por sus valores espirituales, y no sencillamente “por ser católico” a la fuerza. La España de hoy tiene un rey constitucional y no un rey católico, aunque ésa sea su opción religiosa personal, muy respetable por cierto, y forme parte de su panoplia de títulos. Todo lo demás pertenece, como bien dice don Gregorio Peces-Barba en su excelente artículo, “a esa mentalidad de estar por encima de las leyes” de la que “en nuestro país existen muchos signos y muchos gestos”, producto de comportamientos fundamentalistas arraigados al menos desde el siglo XV. Damos fe de ello.

 

 



[1] Para quienes deseen conocer esos argumentos de primera mano, verdadero encanje de bolíllos jurídico, refiéranse al artículo de Rafael Navarro Valls, hermano del portavoz del Vaticano y miembro del Opus Dei, aparecido en El Mundo de fecha 5 de noviembre de 2003, que también lo reproduce el Diaria del Derecho (digital) del día 12.

[2] Constitución española, art. 56.


Tags: rey, juan carlos, religión, catolicismo

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