Martes, 24 de junio de 2008









En el año 1970 llegan a España, lo que él dió en llamar los turistas más raros del mundo. Siete de familia con 10 kilos de ropa, sin billete de vuelta, sin camara fotográfica, ni hotel ni dinero.

Loyola era un hombre de oración, de meditación y de visión y con todo eso no era ningún místico ni ermitaño. Le gustaba estar rodeado de gente, amaba la gente, amaba las almas perdidas y aún con su enorme vuelo intelectual (cosa que le podía haber hecho distante o introvertido), era capaz de jugar con un niño mientras escribía un poema o reirse de sí mismo en las situaciones más sobrias. Él solía decir que la muerte es un accidente, porque el ser humano no está hecho para morir. Existe en nosotros algo que trasciende a lo meramente físico.

El accidente se produjo, pero la vida eterna está asegurada. Ha dejado un testimonio vivo en su vida, en su enfermedad y en su muerte. Sentimos el dolor de la pérdida humana, pero esta pérdida es compensada con creces con su recuerdo, con la esperanza de vida eterna, con sus frutos y su fidelidad. Él solía repetir: "Somos lo que comemos", y su naturaleza había comido tanto de la esencia de Dios mismo, que podría haber hecho suyas las palabras del apóstol Pablo: "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí





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