Jueves, 17 de julio de 2008



Por Mario Escobar Golderos, historiador y escritor

 

 

 

 

 

Cisneros.

La Alhambra
aparecía majestuosa ante los ojos del pequeño séquito arzobispal. Muchos de los religiosos miraban asombrados la Gran Mezquita, el Zoco, las sinuosas callejuelas que ascendían hasta el palacio-fortaleza. Por todos lados corrían niños medio desnudos, al tiempo que las mujeres, con sus gigantescos ojos negros, escondían el rostro ante los curiosos viajeros. Cisneros encabezaba la comitiva, había dejado el humilde pollino a un siervo y caminaba con rapidez junto a su secretario. Fray Fernando de Talavera, arzobispo de Granada, le esperaba impaciente. Había oído de los métodos expeditivos del arzobispo de Toledo y temía que los moriscos, escarmentados por los abusos y humillaciones de los castellanos terminaran por sublevarse.

Las órdenes de los Reyes Católicos eran claras. La conversión de los moriscos no podía esperar. Para ello debía emplearse cualquier método, incluido el de la coacción, la amenaza o la expulsión. Uno de los acompañantes de Cisneros, un sacerdote llamado León, fue uno de los más fanáticos colaboradores del arzobispo de Toledo.

            Una de las primeras medidas de Cisneros fue la destrucción de todos los libros mahometanos de la ciudad. Algunos historiadores hablan de cientos de libros quemados, otros de apenas cinco o seis mil. Después obligó a miles de granadinos a bautizarse y bautizar a sus hijos, cerró todas las mezquitas y centros religiosos. Pero el arzobispo sabñía que para controlar a un pueblo había que dominar a sus dirigentes, por ello los líderes religiosos y políticos fueron conminados a convertirse o morir. La revuelta no se hizo esperar y miles de granadinos atacaron la residencia del arzobispo de Toledo, aunque el motín fue sofocado con rapidez.


Lutero.


La Reforma en Alemania acababa de nacer pero todavía tenía que superar muchos peligros. El imperio no era un estado centralizado y organizado, más bien era un mosaico anárquico compuesto por decenas de principados, condados, ducados, ciudades libres, etc.  Las revueltas sociales se sucedían, pero el verdadero problema para la Reforma apoyada por la alta nobleza alemana, surgió con la rebelión de los campesinos. Al principio Lutero tomó una actitud conciliadora, acusando a los señores de abusar de los campesinos en su Exhortación a la paz a propósito de los doce artículos del campesinado de Suabia, pero cuando el problema se radicalizó Lutero no dudo en escribir Contra los rapaces y homicidas hordas de los campesinos. El reformador calificó a los campesinos de “ladrones y homicidas”, exhortando a los señores a “perseguidlos y matadlos como perros rabiosos.

            Cisneros convertido en inquisidor, obligando a convertirse a los moros de Granada, destruyendo sus libros sagrados y apoyando la expulsión de los judíos, demostró un talante intolerante, tan común en España en los últimos quinientos años. Por su parte Lutero, olvidando las máximas cristianas de amor al prójimo, prefirió la destrucción de los enemigos de su reforma religiosa, aunque más tarde se arrepintiera de su inflexibilidad.

            En la última parte queremos reflexionar en el papel que Cisneros y Lutero jugaron en el estudio y propagación de las Sagradas Escrituras, labor imprescindible para la consolidación de la Reforma en el siglo XVI.


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