Martes, 22 de julio de 2008

Discurso sobre la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado

(12-IV-69) Emilio Castelar

No lo digo yo, lo decía Castelar. Desde que lo hizo ha llovido mucho, aunque nunca suficiente en esta seca y confusa tierra de España. El domingo anterior se paseaba la Virgen de la Almudena bajo el palio de Don Alberto Ruiz Gallardón, escoltado por la policía municipal a caballo. ¿Estado aconfesional y secular? Para nada, pero no lo digo yo, lo decía Castelar:

"¿Qué dije yo, señores, qué dije yo entonces? Yo no ataqué ninguna creencia, yo no ataqué el culto, yo no ataqué el dogma. Yo dije que la Iglesia católica, organizada como vosotros la organizáis, organizada como un poder del Estado, no puede menos de traernos grandes perturbaciones y grandes conflictos, porque la Iglesia católica con su ideal de autoridad, con su ideal de infalibilidad, con la ambición que tiene de extender estas ideas sobre todos los pueblos, no puede menos de ser en el organismo de los Estados libres causa de una continua perturbación en todas las conciencias, causa de una constante amenaza a todos los derechos".

 

No pensemos que Emilio Castelar, periodista, político y gran orador, era antirreligioso o ateo, su madre, Maria Antonia Ripio, era una ferviente católica que enseñó a su hijo los principios básicos de la religión. Su padre, Manuel Castelar, exiliado en Gibraltar por sus ideas políticas, imprimió en Emilio su sentido de libertad y democracia. Así respondía a un prelado, diputado como él, para defender la libertad de cultos en España:

 "Me preguntaba el Sr. Manterola si yo había estado en Roma. Sí, he estado en Roma, he visto sus ruinas, he contemplado sus 300 cúpulas, he asistido a las ceremonias de la Semana Santa, he mirado las grandes Sibilas de Miguel Ángel, que parecen repetir, no ya las bendiciones, sino eternas maldiciones sobre aquella ciudad; he visto la puesta del sol tras la basílica de San Pedro, me he arrobado en el éxtasis que inspiran las artes con su eterna irradiación, he querido encontrar en aquellas cenizas un átomo de fe religiosa, y sólo he encontrado el desengaño y la duda".

Castelar, miembro del minoritario partido democrático en 1854, redactor de los periódicos "El Tribuno del Pueblo" y "La Soberanía nacional", Catedrático de Historia Critica y Filosófica en España, conferenciante del Ateneo de Madrid, eraº un hombre de un gran bagaje cultural, filosófico e histórico. En las siguientes líneas de su discurso hace un repaso histórico magistral y extemporáneo:

    " Pues bien, Sres. Diputados; en aquel salón (sigue hablando del Vaticano) se encuentran varios recuerdos, entre otros, don Fernando el Católico, y esto con mucha justicia; pero hay un fresco en el cual está un emisario del rey de Francia presentándole al Papa la cabeza de Coligny; había un fresco donde están, en medio de ángeles, los verdugos, los asesinos de la noche de San Bartolomé; de suerte que la Iglesia, no solamente acepta aquel crimen, no solamente en la capilla Sixtina ha llamado admirable a la noche de San Bartolomé, sino que después la ha inmortalizado junto a los frescos de Miguel Ángel, arrojando la eterna blasfemia de semejante apoteosis a la faz de la razón, de la justicia y de la historia".

La Historia denuncia las injusticias y reclama la retribución, de nada sirve pedir perdón sin restituir al agraviado. Castelar defiende estas ideas desde el periódico "La Democracia", fundado por él en 1864. Sus críticas al gobierno y a la reina Isabel II le valen la expulsión de la universidad, pero la manifestación de estudiantes en la "Noche de San Daniel", en la que varias personas son heridas y muere un joven, le permiten volver a su cátedra.   En 1866 tiene que huir del país perseguido por sus ideas políticas. En el año que pronuncia este discurso ha sido elegido diputado en las Cortes de la 1ª República. En este periodo defiende la libertad de cultos y la separación entre Iglesia y Estado.

"Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres..."

 

El Dios del Calvario nunca estará en la casa de los reyes, en los senados ni en las moquetas de los poderosos. De Él es el mundo y su plenitud, Él pone y quita gobiernos. "...grande es la religión del poder, pero más grande es la religión del amor..." No lo digo yo, lo decía Castelar.

Mario Escobar Golderos.

Para saber más de Emilio Castelar: http://ensayo.rom.uga.edu/filosofos/spain/castelar

 

 

 


Tags: libertad religiosa, españa, ley libertad, constitución

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