Martes, 29 de julio de 2008



Por José María Baena, Presidente de la FEREDE.

 

Fue a Mariano Blázquez a quien escuché esta expresión por primera vez cuando, en una de nuestras convenciones, saludaba en nombre de FEREDE como su Secretario Ejecutivo que es. Nos dijo que en cierta ocasión alguien relacionado con la administración del Estado le había dicho que los evangélicos españoles éramos transparentes; o sea, que no se nos veía... existíamos, pero nadie era consciente de ello, y que por eso no pintábamos nada. Más o menos. El propio Mariano me podrá corregir. Lo de no pintar mucho es bastante cierto. Lo de ser transparentes... pues no creo que tanto. A lo mejor sólo se nos oye y no se nos ve,  porque ruido sí parece que hacemos, porque es la excusa de siempre para cerrarnos los templos por exceso de decibelios. Molestos, también lo somos, por supuesto, porque a algunos todavía les duele que en la católica España campen por sus respetos estos activistas religiosos de las cuatrocientas sectas como comúnmente se dice.

 

Pero ¿invisibles… por qué?

 

No creo que sea porque no somos nadie, que los aires acondicionados automáticos detectores de presencia se apaguen a nuestro paso. De hecho, ya salimos en las estadísticas. Y tenemos acuerdos firmados con el Estado. Nuestras ciudades cuentan con numerosas congregaciones que se reúnen en sus templos respectivos, muchos ya muy dignos, gracias a Dios. Las actividades de nuestros grupos son notorias, públicas, publicitadas, transmitidas, etc. Estamos presentes en las empresas, no sólo como empleados sino también como empresarios; hay creyentes que son miembros de las FF. de Seguridad del Estado, o de las FF. Armadas; hay políticos evangélicos, médicos, arquitectos, abogados... menos curas, de todo. Es decir, somos como el resto de los españoles; y no hemos perdido nuestra identidad española. Somos del Real Madrid, del Barça, del Betis, o del Deportivo... vascos, gallegos, andaluces, catalanes, madrileños, extremeños, canarios...

 

Cuando viene el Papa a España, ahí van las derechas a besarle el anillo, postrarse a sus pies y mostrarle su devoción. Desde luego, tienen mis respetos. Cuando los colectivos de gays, lesbianas y transexuales montan sus ferias y cabalgatas, ahí están las izquierdas en primera fila, agarrando pancarta e identificándose con ellos. También tienen mis respetos. Pero cuando los evangélicos o protestantes organizamos algo, sea marcha, acto público, inauguración o lo que sea, nadie viene, salvo algún despistado o algún honrosísimo alcalde que además se ha permitido, con su corporación, conceder un terrenito prestado para edificación de un templo protestante. En Andalucía los transexuales —ignoro qué porcentaje de población representan— han logrado que la administración autonómica les pague los gastos de la operación de cambio de sexo. Las autoridades regionales lo justifican por el peligro de suicidio que supone para ellos la incongruencia que se da entre su cuerpo y su mente o conciencia de sí mismos. Los menciono aquí simplemente a título de ejemplo ¿Quiere decir esto que los evangélicos debemos amenazar con suicidarnos o inmolarnos colectivamente en nuestras iglesias, como lo hizo el “reverendo” Jones en Guayana, para que se nos considere y se repare la injusticia histórica cometida por esta nación contra quienes en su conciencia tenían y tienen una idea distinta de Dios y del cristianismo? Evidentemente, exagero, pero el argumento es válido.

 

No es que seamos transparentes, es que no nos quieren ver. No pintamos nada, ni quieren que pintemos. Alguna responsabilidad tendremos en el asunto, pero por parte de las administraciones la responsabilidad es mayor, porque son servidores públicos que se deben a todos los españoles, ya no súbditos, sino ciudadanos, es decir, es decir, no sólo “sujetos” a obligaciones sino dignos de derechos inalienables. Si los derechos de ciertos colectivos les parece que necesitan ser defendidos, ¿por qué nadie entiende que también los nuestros han de serlo? Pesa sin duda lo de la identidad católica de España, su alma intrínseca, su razón secular de ser, su destino eterno y todos esos lastres importados que por siglos inocularon en la sangre “pura”, por supuesto, de los españoles hasta alejarlos de lo que fue su verdadera tradición, no romana, biblista y más tolerante, por cierto.

 

Si la España Dinástica de antaño siempre persiguió a los protestantes españoles, la Constitucional no ha sido especialmente protectora de unos derechos inalienables de la persona humana como son la libertad de conciencia y de culto, al menos hasta 1978, y aún aquí, con matices.

 

El artículo 12 de la liberal Constitución de Cádiz, promulgada el 19 de marzo de 1812, de ahí el mote de “La Pepa”, dice sin rubor: “La religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”.

 

En la referencia que Valentín Cuevas[1] hace de las diferentes constituciones Españolas, vemos cómo han sido las cosas: Las constituciones de 1837 y 1945, reinando Isabel II, declaran explícitamente que la religión de los españoles es la católica. La Constitución de la Revolución de 1868, promulgada en 1869, dice en su Artículo 21: “La Nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica. El ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantizado a todos los extranjeros residentes en España, sin más limitaciones que las reglas universales de la moral y del derecho. Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica, es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior”. Se reconoce el derecho a los extranjeros; a los españoles sólo de refilón, si por casualidad hubiera algún bicho raro, que siempre los hay; pero no como un derecho directo. De hecho, a esos raros y seguramente malos españoles, se les asimila a los extranjeros, porque como dice el profesor Álvarez Junco de los Liberales, los evangélicos españoles son españoles “por equivocación”[2]. Con todo, el ínclito don Marcelino dice que “la Unidad Católica sucumbió asesinada en 5 de junio de 1869 por 163 votos contra 40”[3]. La Constitución de 1873, de la Primera República Española, declara en su Artículo 34: “El ejercicio de todos los cultos, es libre en España”. Pero sólo duró poco más de cinco meses, asesinada por el golpe de estado del general Pavía. Con la restauración borbónica, la Constitución de 1878 vuelve a declarar la religión católica romana como oficial del Estado. Se tolera la práctica privada de otras religiones. La II República Española en 1931 reconocerá la libertad de conciencia y de cultos, pero el golpe de estado franquista acabará con ella y de nuevo el nacional-catolicismo dominará el país y reprimirá duramente cualquier disidencia. Muerto Franco, con la nueva Constitución de 1978 el protestantismo español adquirirá sus derechos que tiene hoy. Pero no podía faltar una mención específica a la Iglesia Católica en el texto constitucional y, desde luego una práctica política tan amplia para ella como lo es estrecha para los demás.

 

Así que, parece ir quedando claro que, si no somos nosotros mismos los que salimos del estado de la transparencia y vamos tomando cuerpo para que se nos vea y se nos tome en cuenta, nadie lo va a hacer por nosotros.

 

Parece ser que el espacio político se obtiene en la lucha cuerpo a cuerpo —entiéndaseme, ¡que no hablo de lucha armada!— es decir, en la vindicación y la reclamación de los propios derechos, estando donde hay que estar, hablando oportunamente y con las palabras idóneas y pertinentes, a quien puede o debe oírnos, y dando la medida que una sociedad avanzada requiere de nosotros. Necesitamos dirigentes o representantes que estén a la altura y estén dispuestos a dar esta batalla en ese territorio que también es nuestro, imbuidos de espiritualidad, pero también de visión realista y profética, conociendo el momento de Dios. Recordemos que los profetas se implicaron a fondo en la vida social y política de sus tiempos, a veces al precio de sus propias vidas. Pero quizá haya que reconocer aquí que, para dejar de ser tan invisibles o transparentes, quizá también debamos presentar una mayor cohesión como colectivo, estando más unidos y más juntos. Nos falta “definición”, usando ese término tan actual de la imagen. Hay que aparcar nuestras rencillas menores —tan miserables, a veces— para concentrarnos en lo esencial y verdaderamente importante.

 

Normalmente, son siempre los particularismos los que acaban con los grandes proyectos, y no tanto la falta de recursos de la que tanto nos quejamos. Y los particularismos son por naturaleza, pequeños, y empequeñecedores.  A lo peor, no es que seamos transparentes, sino minúsculos y dispersos. Pero dejemos esas reflexiones de última hora y concluyamos:

 

Espero y oro por que llegue el día cuando los cristianos nacidos de nuevo de España dejemos de ser una minoría autodisminuida, marginal, ninguneada por la sociedad, y comencemos a ser una referencia espiritual nítida y clara, enriquecedora y saludable, tenida en cuenta, valorada, estimada… Afortunadamente conozco casos en los que las cosas empiezan a ser así: ayuntamientos y entes públicos que apoyan a esos cristianos porque sus proyectos puestos en marcha benefician a la sociedad en la que viven, son reales y efectivos. Han bajado de las nubes del cielo y se plasman en realidades vitales: la teología hecha vida, como lo hacía Jesús.

 



[1] Historia Ilustrada de los Protestantes Españoles, CLIE, Terrassa, 1997, p. 20-31.

[2] ÁLVAREZ JUNCO, José, Mater Dolorosa, Taurus, Madrid, 2001, p. 375

[3] MENÉNDEZ Y PELAYO, Marcelino, Historia de los Heterodoxos Españoles, Tomo II, BAC.Madrid, 2000, p. 981.


Tags: protestantes españoles, reformados, evangélicos, religión españa

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