Corría
el año 1952. Según el informe de la policía, el obispo Fidel García
Martínez, de Calahorra, había sido visto visitando prostíbulos de la
ciudad, en un caso calificado de «reservadísimo». Documentos recientes
revelaron que se trataba de un montaje orquestado desde el Gobierno
franquista, que ya había intentado acabar con él en el año 1932 por su
oposición manifiesta a los totalitarismos crecientes de Europa.
Diez
años más tarde, Franco se hizo entregar otro informe, éste del Servicio
de Información Militar, reconociendo que todo había sido un montaje,
con «dobles del obispo». Franco ofreció a Fidel García una reparación
por el ´montaje´, y el cardenal Tarancón no quiso remover el escándalo.
El general Franco ordenó en 1962 a su ministro de Justicia, Antonio
Iturmendi, que ofreciese al desgraciado prelado la reparación que
precisase, siempre que no fuera pública. Éste, ya anciano, rechazó con
energía el ofrecimiento. Prefirió continuar «con el martirio hasta la
muerte». El dictador lo habló más tarde con Manuel Fraga, su ministro
de Información, que lo cuenta en las Memorias. Para entonces, la mala
fama del obispo era vox populi. Paul Preston alude al «lujurioso
incidente» en la biografía de Franco, dándolo por cierto.
DEFENDIÓ LA LIBERTAD DEL INDIVIDUO
Hijo de un humildísimo peón caminero, Fidel García había nacido en
1880 en Soto y Amío (León) y estudiado en la Universidad Pontificia de
Comillas, donde fue el alumno mimado de los jesuitas. Brillante teólogo
y escritor, llega pronto a obispo, con sede en Calahorra. Él mismo
aborta, en cambio, su ascenso a la sede primada de Toledo para
sustituir en 1931 al cardenal Pedro Segura, pese a la insistencia de
Roma, que lo consideró siempre entre los más inteligentes del
episcopado. Lo demostró con creces en el Concilio Vaticano II, donde se
destacó de entre los prelados españoles, según escribe el historiador
Josep M. Piñol en La transición democrática de la Iglesia católica
española. Para entonces, Fidel García llevaba retirado con los jesuitas
en Deusto (Bilbao) varios años, tras las brutales maquinaciones del
franquismo contra él. Murió en 1973, a los 93 años.
El golpe militar del 18 de julio de 1936 sorprende al obispo Fidel
García en Calahorra, que en 1937 publica en su boletín diocesano la
encíclica Mit Brennender Sorge (Con ardiente preocupación), con la que
Pío XI condena severamente el nazismo. Franco había dado órdenes
tajantes de evitar la publicación en los territorios bajo su control de
la famosa execración papal contra su socio bélico Adolf Hitler. El
prelado de Calahorra fue el único que ignoró las órdenes del caudillo
golpista. Pero además publicó una Instrucción pastoral sobre algunos
errores modernos, entre otros el nazismo y el comunismo, y en defensa
de «la libertad y la dignidad del hombre frente al Estado».
Era más de lo que el generalísimo Franco y la Gestapo hitleriana,
que campaba en España a sus anchas, podían soportar. Incluso los
obispos de la época, en su mayoría entregados al nuevo régimen,
consideraron la pastoral de su colega un «gran error».
LA «CANALLADA» SALE A LA LUZ
Ahí empieza el calvario del obispo de Calahorra. Pese a llevar
treinta años en la sede riojana y recibir en ese tiempo varios
homenajes de respeto y admiración, empezaron a circular rumores sobre
andanzas por prostíbulos de Barcelona y París y sobre su vida disoluta.
La campaña de calumnias arreció en los momentos más críticos del
franquismo, aislado internacionalmente y entregado sin condiciones a
los alemanes.
«Entre 1950 y 1952 se culminó la canallada», en palabras del
magistrado emérito del Tribunal Superior de Madrid Antonio Arizmendi,
que acaba de publicar con el historiador Patricio de Blas un minucioso
informe sobre el caso con el título ´Conspiración contra el obispo de
Calahorra. Denuncia y crónica de una canallada´ (Editorial Edaf). Hijo
del abogado de la diócesis de Calahorra cuando Fidel García decidió
dimitir, Arizmendi lleva décadas denunciando «la felonía que sufrió el
prelado» y ofrece datos, documentos y nombres de una trama en la que
aparecen Franco y la Gestapo, los ministros Fraga e Iturmendi, e
incluso el yerno de éste, Alfonso Osorio, más tarde vicepresidente del
Gobierno con Adolfo Suárez.
Arizmendi denuncia que incluso ahora los obispos no quieren saber
nada de rehabilitar el buen nombre de Fidel García. El cardenal
Tarancón, en carta a Arizmendi, de 14 de febrero de 1982, dice que
«Monseñor Fidel García fue un gran obispo, pero la verdad es que no sé
cómo se pueden encauzar las cosas para reivindicar su memoria». Una
memoria que estos historiadores ahora quieren recuperar.